A Alaska van a darle un premio por algo que lleva haciendo toda la vida... no parecerse a nadie. La Academia Latina de la Grabación ha anunciado que recibirá el Premio a la Excelencia Musical 2026, un homenaje reservado a intérpretes con una contribución artística decisiva a la música latina. Será el 9 de noviembre en Las Vegas, durante la Semana Latin Grammy, junto a nombres como Francisco Céspedes, Lila Downs, Daniela Mercury y Chichí Peralta. Omar Alfanno recibirá, por su parte, el Premio del Consejo Directivo.
La noticia tiene algo de justicia tardía y de paradoja deliciosa. Alaska, que durante décadas ha vivido como si el consenso fuera una enfermedad contagiosa, será reconocida por una institución. La chica que entró en el punk español cuando España todavía estaba aprendiendo a desabrocharse la camisa, la mujer que hizo del exceso una forma de educación sentimental, la artista que convirtió el artificio en una verdad más fiable que muchas confesiones, recibe ahora el abrazo solemne de la industria.
Nacida Olvido Gara Jova en Ciudad de México en 1963 y criada en España desde niña, Alaska apareció en la cultura popular española como aparecen algunas figuras destinadas a quedarse: primero como rareza, luego como escándalo, después como costumbre y finalmente como patrimonio. Su recorrido empezó en Kaka de Luxe, una de las primeras bandas del punk nacional, continuó con Alaska y los Pegamoides, se hizo masivo con Alaska y Dinarama y encontró una segunda eternidad en Fangoria, el dúo que forma con Nacho Canut desde finales de los ochenta.
Lo indomable de Alaska no está solo en la estética, aunque durante mucho tiempo España la miró como se mira a alguien que llega del futuro con la peluquería ya hecha. Está en su negativa persistente a pedir permiso. En una época en la que casi todo artista termina explicándose, ella ha preferido representarse. Ha sabido ser punk, pop, electrónica, televisión, revista, tertulia, estribillo, personaje y persona sin dejar que ninguna de esas palabras la encerrara del todo.
Hay artistas que envejecen con su público y otros que obligan a su público a rejuvenecer. Alaska pertenece a los segundos. Bailando, Ni tú ni nadie o A quién le importa no son solo canciones: son documentos de identidad falsificados para que cada cual pueda ser, por fin, quien le dé la gana. En ellas hay fiesta, pero también hay una forma de resistencia. El drama se vuelve coreografía. La exclusión, un coro. La rareza, una contraseña.
Su figura atraviesa generaciones porque nunca fue únicamente musical. Alaska entró en las casas por la radio, por la televisión, por los videoclips, por la prensa del corazón y por la memoria sentimental de un país que necesitaba aprender a ser moderno sin manual de instrucciones. Fue icono de la Movida Madrileña, sí, pero reducirla a eso sería condenarla al museo. Alaska sobrevivió a la Movida porque no era solo una fotografía de la Movida. Era una manera de estar en el mundo.
Lo más interesante de su carrera quizá sea esa mezcla de fidelidad y mutación. Siempre cambia, pero nunca se traiciona. Fangoria acaba de publicar La verdad o la imaginación, un álbum que insiste en su territorio natural: el pop electrónico, la música de baile, la sofisticación melódica y esa melancolía luminosa que permite cantar una ruina emocional como si fuera una celebración. El disco, lanzado en abril de este año, supone además su primer largo con canciones nuevas desde 2016.
Alaska ha sido muchas veces discutida, y esa es otra prueba de su importancia. Las figuras decorativas no molestan. Las referencias reales sí. Su presencia ha incomodado por libre, por excesiva, por ambigua, por televisiva, por inteligente, por no ajustarse nunca del todo al traje que se le quería imponer. Ha habitado el centro sin dejar de parecer periférica. Ha sido mainstream sin dejar de tener algo de contrabando.
Por eso el homenaje de los Latin Grammy no reconoce solo una carrera, reconoce una manera de entender el pop como territorio de libertad. Alaska ha demostrado que la cultura popular no tiene por qué ser pequeña, ni obediente, ni vergonzante. Puede ser brillante, sintética, exagerada, bailable y profundamente política sin necesidad de levantar un cartel. A veces basta con cantar “a quién le importa” para que una generación entera entienda que la vida propia no se suplica.
