Las recientes declaraciones de Donald Trump han reabierto un debate que parecía lejano: la posibilidad de que Estados Unidos abandone la OTAN. En un contexto marcado por la guerra en Oriente Próximo y las crecientes tensiones entre Washington y sus aliados europeos, la pregunta ya no es solo política o estratégica, sino también legal: ¿puede realmente el presidente estadounidense tomar esa decisión por sí solo?
La respuesta corta es no. Aunque el presidente tiene un amplio margen en política exterior, la salida de la OTAN no depende únicamente de la Casa Blanca. Desde 2023, una ley aprobada por el Congreso estadounidense impide explícitamente que el presidente retire al país de la Alianza sin el respaldo legislativo. En concreto, se requiere una mayoría de dos tercios en el Senado o la aprobación de una nueva ley, lo que implica necesariamente apoyo bipartidista. Es decir, republicanos y demócratas tendrían que ponerse de acuerdo en una cuestión de enorme calado estratégico.
Este requisito convierte una posible salida en un proceso extremadamente complejo. La Congreso de Estados Unidostiene la última palabra en la ratificación o abandono de tratados internacionales, y en el caso de la OTAN ha reforzado su control precisamente para evitar decisiones unilaterales. En la práctica, esto significa que, aunque Trump insista en su intención, no podría ejecutar la salida sin un respaldo político muy amplio que, a día de hoy, no parece existir.
Un conflicto que tensiona la alianza
Las críticas de Trump a la OTAN no son nuevas, pero se han intensificado con la guerra en Oriente Próximo. El detonante más reciente ha sido la negativa de varios países europeos, como España, Francia o Italia, a participar en operaciones militares impulsadas por Estados Unidos, especialmente en zonas estratégicas como el estrecho de Ormuz.
Desde Washington, esta falta de apoyo se percibe como una deslealtad. Trump ha llegado a calificar la alianza como un “tigre de papel”, cuestionando su utilidad si los aliados no responden en momentos clave. En la misma línea, figuras como Marco Rubio han planteado la necesidad de “reevaluar” el papel de la OTAN.
Sin embargo, desde el lado europeo la visión es distinta. Muchos gobiernos consideran que no todos los conflictos deben implicar automáticamente a la alianza y defienden una mayor autonomía estratégica. Esta divergencia de intereses ha generado una desconfianza creciente que está acelerando el debate sobre la defensa europea independiente.
¿Qué pasaría si Estados Unidos se fuera?
Más allá de la viabilidad legal, la gran cuestión es qué ocurriría si Estados Unidos abandonara la OTAN. Aquí, los expertos no se ponen completamente de acuerdo. Algunos consideran que la alianza podría sobrevivir, aunque profundamente transformada, mientras que otros creen que sería prácticamente inviable sin el liderazgo estadounidense.
Estados Unidos no solo aporta financiación -clave para el funcionamiento de la organización-, sino también capacidades militares, inteligencia, infraestructura y liderazgo operativo. La integración de sus fuerzas armadas con las europeas es tan profunda que una ruptura implicaría rehacer gran parte del sistema de defensa occidental.
Además, la OTAN fue creada en 1949 precisamente bajo el impulso estadounidense, como un sistema de defensa colectiva frente a amenazas externas. Actualmente cuenta con 32 países miembros y sigue siendo el principal pilar de seguridad en Europa. Su desaparición o debilitamiento tendría consecuencias globales, especialmente en un contexto de rivalidad creciente con potencias como China o Rusia.
Consecuencias para Estados Unidos y Europa
Una salida de la OTAN también tendría costes significativos para Estados Unidos. Perdería acceso a bases estratégicas en Europa, vería reducida su influencia global y podría debilitar su posición frente a otras potencias. Además, a nivel interno, no existe un consenso claro a favor de abandonar la alianza, lo que dificultaría aún más cualquier intento en ese sentido.
Para Europa, el impacto sería igualmente profundo. La desconfianza hacia Washington ya está impulsando un aumento del gasto en defensa y un refuerzo de las capacidades militares propias. Sin embargo, sustituir el papel de Estados Unidos no sería inmediato ni sencillo. Requeriría una coordinación mucho mayor entre países europeos y una redefinición completa de la arquitectura de seguridad.
Con todo, aunque las declaraciones de Trump han elevado la tensión, la salida de Estados Unidos de la OTAN no parece un escenario probable a corto plazo. Las barreras legales, la falta de consenso político y los elevados costes estratégicos actúan como freno a una decisión de este calibre.
