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Pepe García (El estoico): “La filosofía no se demuestra explicándola, sino viviéndola”

El autor de ‘Los 12 pilares de la filosofía’ defiende una filosofía práctica, cotidiana y accesible, capaz de transformar la manera en que afrontamos el miedo, la adversidad y las decisiones de cada día

Por Marta Díaz de Santos

Leer filosofía puede resultar inspirador. Convertir esas ideas en hábitos, decisiones y formas concretas de actuar es mucho más difícil. Entre el conocimiento y la vida cotidiana existe una distancia que el autor de ‘Los 12 pilares de la filosofía’, Pepe García, lleva años intentando reducir.

Su propuesta recupera la concepción que los antiguos filósofos tenían de esta disciplina: no como una colección de teorías, sino como un entrenamiento para el carácter. El autocontrol, la constancia, el coraje, la aceptación y la atención al presente aparecen así como prácticas que pueden ejercitarse diariamente.

A lo largo de esta entrevista, el autor reflexiona sobre el ruido que elegimos, el miedo a la opinión ajena, la dificultad de vivir con propósito y la necesidad de distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa a nuestro control. Una invitación, en definitiva, a dejar de limitarse a leer sobre la vida y comenzar a vivirla.

¿Qué ha supuesto para usted este libro? ¿Cómo surge la idea de su publicación?

Este libro es, de alguna manera, la destilación de todo lo que llevo años estudiando, practicando y compartiendo. Durante mucho tiempo he visto un mismo problema repetirse, porque incluso lo veía en mí mismo al inicio de mi carrera y, sobre todo, en las personas con las que hablo a diario. Hay muchísima gente que lee filosofía, que subraya, que se emociona con una cita de Séneca un domingo por la tarde… y el lunes vuelve a vivir exactamente igual.

Esa brecha entre leer y vivir es lo que me obsesiona. Cerrarla, aproximar al máximo ambos extremos es el afán de mi vida. Y, precisamente, la idea de este libro de práctica diaria nace justo de esa obsesión. Quería escribir un libro que no acabara en la estantería, sino en la mesita de noche. Uno que se pudiera trabajar y practicar en apenas unos minutos al día. Escribirlo me ha obligado a mí mismo a ser más honesto aún, porque no les puede pedir a sus lectores que practiquen algo que tú no practicas.

¿Qué significa para usted que la filosofía no sea solo algo que se lee, sino algo que se practica y se vive?

Siguiendo con la misma idea que comentaba en la pregunta anterior, yo lo veo como los antiguos filósofos helenísticos. Ellos lo tenían clarísimo. La filosofía no era una asignatura, era un entrenamiento, casi un gimnasio para el carácter. Era medicina para el alma. Por ejemplo, el mismo Epicteto no preguntaba a sus alumnos cuántos libros habían leído, sino cómo se habían comportado cuando las cosas se ponían feas. Esa es la diferencia fundamental.

Los filósofos antiguos vivían la filosofía, mientras que los modernos sólo debaten y teorizan sobre ella. Para mí, una idea que no cambia tu manera de mirar, de decidir y de actuar, no ha servido de nada, por muy brillante que parezca. La filosofía no se demuestra explicándola, sino viviéndola. Y eso, además, es lo bonito, porque está al alcance de cualquiera. No hace falta ser un erudito, hace falta constancia. Hoy no hay filósofos, sino licenciados en filosofía. Mi libro pretende que seas, precisamente, un filósofo.

¿Qué cosas superfluas podríamos apartar de nuestra vida para enfocarnos más en lo esencial?

Yo empezaría por lo más cercano a nosotros mismos, que a la vez suele ser lo más incómodo: el ruido que elegimos. Con ruido elegido me refiero al scroll infinito, a la necesidad de opinar sobre todo, a la comparación constante con vidas ajenas, y que ni siquiera son reales. Séneca decía que no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Y lo más triste es que la mayor parte de ese tiempo perdido lo malgastamos en cosas que no elegiríamos si nos parásemos a pensarlas. Nos hacen existir, que no vivir, en piloto automático.

Apartaría también el exceso de opiniones sobre lo que no depende de nosotros, esa manía de intentar controlar cosas que no podemos cambiar. Lo esencial casi siempre es más sencillo y más cercano de lo que creemos. Y suele estar bajo nuestro control total.

¿En qué situaciones se necesita cultivar más autocontrol y constancia?

Curiosamente, no tanto en las grandes crisis, como en lo pequeño y repetido. En las crisis más crudas a menudo los seres humanos sacamos fuerzas que no sabíamos que teníamos. Para mí, donde de verdad se libra la batalla es en lo cotidiano. Como decía antes, suele ser lo cercano, lo del día a día. Algunos ejemplos que se me ocurren son levantarte algo más temprano cuando no te apetece, no contestar ese mensaje en caliente, seguir con un proyecto cuando la novedad ya ha pasado y solo queda el trabajo, o por ejemplo contenerte en el consumo de alcohol o azúcar.

El autocontrol se necesita, en mi experiencia, sobre todo en el momento del impulso. En ese medio segundo entre el estímulo y la reacción. Y la constancia se necesita justo cuando pasan esos primeros chutes dopaminérgicos de la novedad y es necesario hacer el trabajo que importa. Por eso el libro va de una página al día. Porque el verdadero progreso no está en la intensidad de un día perfecto y grandioso, sino en la repetición consciente de pequeñas decisiones.

¿Qué miedos personales se podrían afrontar con más coraje siguiendo una actitud filosófica o estoica?

Esta es una pregunta muy buena. Los grandes miedos suelen ser tres, pero tienen muchos disfraces. En el fondo, suelen ser los mismos: miedo a lo que piensan de nosotros los demás, miedo a perder lo que tenemos y, en el fondo de todo, el miedo a la muerte. La filosofía no te promete que dejarás de sentir esos miedos, eso sería mentira. Sin embargo, lo que proporciona es una manera distinta de mirarlos.

El miedo al qué dirán pierde mucho poder cuando entiendes que la opinión ajena no está bajo tu control y, por tanto, no debería gobernar tu vida. El miedo a perder lo que valoras se suaviza cuando practicas recordar que nada de lo que tienes es del todo tuyo, sino que sólo es prestado. Y el coraje, por ejemplo, para los estoicos, no es ausencia de miedo, sino hacer lo correcto con miedo, como digo en el mes de mayo del libro. Eso lo cambia todo, porque el coraje pasa a ser algo que se entrena.

¿Cómo se convierte una dificultad reciente en una oportunidad para crecer?

Con una pregunta muy poderosa: "¿qué me está pidiendo esto que desarrolle?". Marco Aurelio, el emperador estoico que aparece con frecuencia en el libro, para mí lo resumía de forma magistral: el obstáculo se convierte en el camino. También se obligaba a preguntarse a sí mismo qué virtud le era necesario cultivar en cada momento.

Una dificultad es, en muchos casos, un maestro. Te suele mostrar dónde flojeas, qué virtud tienes sin entrenar. Por ejemplo, si me traiciona alguien, ahí hay una lección escondida sobre el perdón y sobre mi propio criterio al confiar. Si fracaso en alguna empresa, ahí reside material para la humildad y la resiliencia.

Quiero dejar bien claro que aquí no se trata de ese optimismo ingenuo de “todo pasa por algo” o de “sonríe, que todo va a ir bien”, sino un principio más activo: aunque no elijas lo que te ocurre, sí puedes trabajar en qué haces con ello. También suelo matizar que la adversidad no te hace mejor automáticamente, pero sí que te da la ocasión para trabajar ahí. Aprovecharla ya es cosa tuya.

¿Qué diferencia hay entre vivir con propósito y simplemente ‘sobrevivir’ al día a día?

Sobrevivir es dejarse llevar por la corriente. Reaccionar, vivir en automático, apagando fuegos. Empezar el lunes deseando que llegue el viernes, sin saber muy bien hacia dónde vas. Vivir con propósito es remar sabiendo hacia qué orilla te diriges. No significa tenerlo todo resuelto ni haber encontrado "la gran misión de tu vida", por supuesto. Eso genera más ansiedad que otra cosa. Para mí significa algo más humilde y cotidiano (una vez más).

Yo lo practico tratando de hacer las cosas con intención, saber por qué haces lo que haces. La diferencia real está en la conciencia con que haces las tareas cotidianas, incluso aquellas que parecen no tener importancia. El que sobrevive va tirando en piloto automático. El que vive con propósito habita sus días, aunque sean días ‘normales’, y los vive con presencia de verdad. Y lo bonito es que se puede pasar de una cosa a otra sin cambiar de vida, solo cambiando de mirada. Es gratuito y accesible a todo el mundo.

¿Qué enseñanza diaria del libro le gustaría aplicar de forma práctica durante una semana?

Me quedo con la que me ha cambiado la vida: distinguir cada día qué depende de mí y qué no. Es la dicotomía del control de Epicteto, la columna vertebral de todo lo que hablaban los filósofos estoicos. Durante una semana propondría hacer el ejercicio literal, de la siguiente manera: ante cada cosa que te preocupe o te agite interiormente, detente y pregúntate: "¿esto está bajo mi control?”. Si lo está, actúa. Si no lo está, acéptalo con dignidad y sigue adelante con tu día.

Suena fácil por escrito, soy muy consciente de ello. Tampoco estoy pidiendo a nadie que me crea. Simplemente les pido que lo practiquen concienzudamente durante siete días y que luego me digan cómo les ha ido. Como me dijo una chica, es como limpiar una habitación en la que llevabas años tropezando con los mismos muebles.

¿Cómo se puede vivir más el presente sin dejarnos dominar por preocupaciones, prisas o expectativas externas?

Volviendo, una y otra vez, a lo único que existe de verdad: este momento. Todas las filosofías de distintas épocas y lugares han sido muy claras en este sentido. El pasado ya no está, el futuro aún no ha llegado, y sin embargo pasamos casi toda la vida entre esos dos lugares que no existen. Son meras invenciones mentales. Es normal que esto no sea una buena vida. No se puede vivir bien en una película irreal.

La prisa suele ir disfrazada de miedo al futuro. La preocupación, de un apego a un control que no tenemos sobre los acontecimientos. Lo que a mí me funciona, una vez más, es muy sencillo. Pero por eso mismo cuesta. Consiste en centrarme en hacer muy bien una sola cosa a la vez, con plena atención en lo que tengo delante, y recordar de vez en cuando que esto también es finito, que este día no volverá.

No hace falta irse a meditar a una montaña, siempre digo lo mismo. Basta con anclarse en la tarea que hay entre manos y tratar de hacerla bien. Otro aspecto importante a tener en cuenta es que el presente no se piensa, sino que se habita. Y esa es, al final, la invitación del libro entero. Deja de leer sobre la vida y empieza a vivirla.

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