Revista Capital

Clubes de lectura, grupos de música y cerámica: la cultura vuelve a ser un lugar para encontrarse.

Por Marta Díaz de Santos

Hubo un momento en el que pareció que la tecnología había resuelto para siempre el problema de la sociabilidad. Conexión permanente, entretenimiento sin fin y la promesa de que ya no haría falta salir de casa para sentirse acompañado. El resultado ha sido más ambiguo. La Organización Mundial de la Salud advirtió en 2025 de que una de cada seis personas en el mundo se ve afectada por la soledad, y en España el Barómetro de la soledad no deseada de 2024 situó esa experiencia en el 20% de la población. La hiperconexión no siempre produce vínculo. Puede producir ruido, presencia intermitente y una sensación de contacto continuo que no llega a convertirse en comunidad. De ahí que ciertos espacios culturales estén recuperando una función que parecía olvidada… la de ofrecer una excusa para coincidir, repetir el encuentro y transformar una afición en una pequeña rutina compartida.

Los datos españoles ayudan a explicar esa intuición. La Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales en España 2024-2025 registró máximos históricos en varios indicadores de participación y consolidó la cultura presencial como parte central del ocio. No parece que lo digital haya sustituido del todo a lo presencial; más bien, ha hecho más valioso aquello que exige cuerpo, tiempo y atención.

LEER CON OTROS, EL LIBRO COMO EXCUSA PERFECTA

El club de lectura tiene la elegancia de los buenos inventos. Obliga a estar, pero no obliga a intimar demasiado rápido. El libro hace de mediador. Uno puede empezar hablando de un personaje insoportable o de una escena memorable y acabar contando, casi sin querer, algo de sí mismo.
No es extraño que este formato encuentre terreno fértil. En 2024, el estudio de la Federación de Gremios de Editores de España situó en el 65,5% el porcentaje de lectores de libros en su tiempo libre, 10,5 puntos más que hace quince años. La lectura crece, pero además cambia de función; es decir, ya no es solo una práctica privada, también vuelve a ser un motivo para reunirse.
Algunos estudios sobre shared reading o lectura compartida apuntan además a efectos positivos sobre el bienestar y la conexión social. Más allá de la investigación, la intuición es sencilla: el club de lectura reduce la presión social. No obliga a impresionar. Basta con estar, escuchar y tener algo que decir sobre un libro.

Si el club de lectura organiza el encuentro a través de la palabra, el coro o montar un grupo de música, lo hace a través de la sincronía. Cantar con otros exige escuchar, ajustar la voz y respirar en común. Antes incluso de intercambiar biografías, ya se ha construido una pequeña complicidad física.
La investigación académica ha señalado que el canto grupal puede fortalecer los lazos sociales y favorecer el bienestar. Un estudio difundido por la Universidad de Oxford lo describía incluso como un eficaz “rompehielos”. No cuesta entender por qué. En un coro, varias personas hacen lo mismo a la vez, sin competir constantemente entre sí, y eso resulta hoy casi insólito. Además, el canto coral o tocar varios instrumentos a la vez funciona como antídoto contra la dispersión. No admite ‘semiatención’ ni multitarea. Obliga a estar presente. En una época dominada por la fragmentación, esa exigencia se ha vuelto casi un lujo.

CERÁMICA, TOCAR EL MUNDO OTRA VEZ

La cerámica añade algo que ni la lectura ni la música ofrecen del mismo modo: la materialidad. Frente a una vida digital limpia, reversible e instantánea, el barro impone fricción, error y paciencia. No se puede acelerar ni resolver con un clic. Tal vez por eso los talleres se han vuelto tan seductores. No solo por la belleza imperfecta de los objetos, sino porque devuelven una experiencia muy escasa… hacer algo tangible con las manos y en compañía de otros.

Una revisión sistemática publicada en 2025 sobre manualidades e intervenciones creativas encontró indicios de beneficio para la salud mental y el bienestar, y un estudio de 2024 sobre un curso de arte cerámico observó reducción de la ansiedad. Los talleres tienen, además, una sociabilidad poco agresiva. Se comparte primero la mesa y luego, si acaso, alguna confidencia. No exigen brillantez, solo atención. Y eso, en un tiempo de autopromoción constante, tiene algo profundamente reparador.

UNA RESPUESTA AL CANSANCIO DIGITAL

Todo esto no sería más que una tendencia amable si no se cruzara con una necesidad más profunda. Pero se cruza. La OMS lleva tiempo insistiendo en la importancia de la conexión social, y en España los datos sobre soledad no deseada muestran hasta qué punto la falta de vínculos significativos se ha convertido en una cuestión central.

Por eso el auge de los clubes de lectura, los grupos musicales y la cerámica importa. No porque convierta cada afición en terapia ni porque garantice amistades instantáneas, sino porque recupera la posibilidad de coincidir alrededor de una práctica compartida. Leer juntos, cantar en grupo o modelar barro se han convertido en algo más que pasatiempos. Son formas de socialización más lentas, más presenciales y menos agotadoras.

Tal vez esa sea la verdadera novedad. La cultura vuelve a aparecer no solo como consumo, prestigio o entretenimiento, sino como infraestructura de encuentro. Un lugar al que se va, en apariencia, a hablar de una novela, a ensayar una canción o a dar forma a una taza. Y del que se sale, a veces, con algo que no figuraba en el programa… la sensación de haber pertenecido durante un rato a una pequeña comunidad. No es poca cosa.

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