Algunas de las principales gestoras de renta fija del planeta han comenzado a reducir sus posiciones en bonos del Tesoro estadounidense para redirigir ese capital hacia otro tipo de emisiones: las de las grandes tecnológicas que están financiando la infraestructura de la inteligencia artificial (IA). Dicho de otro modo, hay inversores que ya prefieren prestarle a Google, a Meta o a Amazon antes que al gobierno de los Estados Unidos. Y no se trata de un fenómeno anecdótico, sino de una recomposición de los mercados de capitales cuya magnitud conviene dimensionar.
Entre 2020 y 2024, cinco grandes tecnológicas estadounidenses (Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle) emitían una media de 28.000 millones de dólares anuales en bonos: cantidades respetables, pero perfectamente digeribles para un mercado que mueve billones. De hecho, durante ese periodo estas compañías eran justo lo contrario de lo que son hoy: no máquinas de absorber financiación, sino máquinas de proporcionarla, pues nadaban en la sobreabundancia de su propia caja.
En 2025, sin embargo, sus emisiones se cuadruplicaron hasta los 121.000 millones de dólares y, según las proyecciones de Morgan Stanley, este año los hiperescaladores colocarán hasta 400.000 millones en bonos: en apenas seis ejercicios, la cifra se ha multiplicado por catorce. La causa última es conocida: la carrera por construir centros de datos ha disparado el gasto conjunto en capital de estas empresas hasta los 725.000 millones anuales (más que todo el PIB de Suiza), un desembolso que ni siquiera sus enormes flujos operativos de caja alcanzan a cubrir y cuya diferencia han de financiar en los mercados vía deuda.
Lo verdaderamente asombroso, empero, no es el volumen de las emisiones, sino el entusiasmo con el que el mercado las está digiriendo. Hace pocas semanas, Meta salió a colocar 30.000 millones de dólares y recibió órdenes por 125.000; Oracle demandó 25.000 millones y atrajo 129.000; y Alphabet ha logrado algo inaudito: colocar un bono a cien años. Y todo ello, no en un contexto de escasez de deuda pública que empujara a los inversores hacia sustitutos cercanos, sino en un momento en el que los principales Estados del planeta también están emitiendo pasivos a ritmos históricos.
"La imprudencia fiscal del Tesoro de EEUU, combinada con la competencia financiera de sus propias empresas, lo coloca progresivamente contra las cuerdas”
Empresas y gobiernos compiten, pues, por el mismo ahorro escaso, y esa competición la está ganando, al menos en el margen, el sector privado: el rendimiento del bono estadounidense a 30 años se ha encaramado a sus niveles más altos desde 2007 pese a que la Reserva Federal ha ido rebajando sus tipos a corto plazo. La aritmética que subyace a esta preferencia es sencilla: para un plazo similar, el Tesoro paga alrededor del 5,2%, Alphabet ofrece un 6,4% y algunos bonos vinculados a centros de datos de Meta superan el 7,5%. Sí, el Tesoro será acaso más solvente que Alphabet (al fin y al cabo, cuenta con la capacidad fiscal de esquilmar a todos los contribuyentes bajo su jurisdicción), pero cada vez más inversores juzgan que esa solvencia extra no vale uno o dos puntos anuales de rentabilidad.
La teoría económica convencional nos advierte, con razón, de que los déficits públicos expulsan inversión privada al desviar hacia el Estado el ahorro que la habría financiado. Y ese efecto sigue operando: con menores déficits, las tecnológicas se financiarían más barato e invertirían más. Pero la expulsión ha dejado de ser unidireccional: también la fuerte e inelástica demanda de financiación del sector privado está encareciendo y estrangulando la capacidad de endeudamiento de los gobiernos.
Este fenómeno admite dos lecturas. La positiva: los Estados van perdiendo relevancia dentro de los mercados de capitales y el ahorrador deja de ser su rehén, pues su menú de activos de bajo riesgo se amplía. La negativa: estamos ante un boom de deuda privada que sufraga el mayor boom inversor de la historia del capitalismo y, si las expectativas sobre la IA estuviesen infladas, muchas de esas emisiones no llegarían a amortizarse, trasladando el agujero a los ahorradores que hoy las compran seducidos por su rentabilidad.
Solo el tiempo dirá cuál de las dos perspectivas es la correcta, pero lo que ya puede afirmarse es que la imprudencia fiscal del Tesoro estadounidense, combinada con la competencia financiera de sus propias empresas, lo está colocando progresivamente contra las cuerdas.
