Revista Capital

La otra Feria de Abril

La mayoría de las casetas son privadas y, aunque la Feria ofrece puertas abiertas, su corazón continúa latiendo en régimen de invitación

Por Marta Díaz de Santos

Hay una hora de la Feria en la que Sevilla deja de parecer una fiesta multitudinaria y vuelve a parecerse a sí misma; una ciudad de vínculos, apellidos, rutinas, clubes y puertas que no se abren con dinero, sino con familiaridad. La Feria de Abril más privada no es la del exceso ni la del lujo aparente. Es la de la continuidad, la del “¿de parte de quién vienes?”, la del socio que invita, la de la caseta que lleva décadas en el mismo sitio y la de un código de comportamiento que nadie explica, pero todos reconocen.

Conviene recordar que esa intimidad no nació como sofisticación social, sino como accidente histórico. La Feria moderna de Sevilla fue aprobada en 1846 e inaugurada en 1847 en el Prado de San Sebastián, con 19 casetas y vocación ganadera. Pero el tono festivo se impuso enseguida. Ya al año siguiente, los organizadores de la venta de ganado pidieron más presencia de la autoridad porque los bailes y los cantes entorpecían los tratos. En otras palabras, la ciudad convirtió muy pronto una feria de negocios en una representación de sí misma.

Ese origen explica por qué la Feria sigue siendo hoy una mezcla singular de espectáculo público y sistema privado. La guía oficial de 2026 la sitúa del 21 al 26 de abril y recuerda que el alumbrado moviliza más de 200.000 bombillas LED; el portal turístico oficial de la ciudad añade que el recinto alcanza 450.000 metros cuadrados, alberga 1.052 casetas y consume 1,5 millones de medias botellas de manzanilla. En 2024, además, el Ayuntamiento contabilizó 3.146.698 personas en el Real. Es una ciudad efímera, sí, pero de escala metropolitana.

Lo decisivo, sin embargo, es que la dimensión privada de la Feria no es una costumbre vaga, sino una arquitectura jurídica. La ordenanza municipal distingue entre casetas privadas, casetas municipales y de acceso público, y casetas comerciales; estas últimas no pueden superar el 5% del total. La misma norma deja claro que la licencia alcanza tanto a personas como a entidades privadas y públicas.

En Sevilla, por tanto, la privacidad del Real no opera como una excentricidad informal (está reglada, clasificada y administrada). La pieza clave de ese sistema es la llamada ‘titularidad tradicional’. La ordenanza establece el compromiso municipal de respetarla siempre que se presente la solicitud en plazo y se abonen las tasas; también prohíbe expresamente la transmisión de las licencias por venta, alquiler o cesión gratuita.

Cuando hay vacantes, el criterio de adjudicación es la antigüedad, ya sea por el título tradicional o por los años acumulados en la solicitud. La exclusividad sevillana, en ese sentido, funciona como una mezcla de derecho administrativo, memoria familiar y paciencia (¡mucha paciencia!).

Las listas de espera lo cuentan mejor que cualquier metáfora. Los informes de antigüedad firmados por Fiestas Mayores en marzo de este año muestran solicitudes de entidades con 32 años de espera y solicitudes familiares con 30 años. El mismo Ayuntamiento informó en febrero de que nueve casetas no fueron renovadas y pasaron a reasignarse. Es decir, incluso cuando el mapa cambia, cambia según una lógica de continuidad. Entrar en la Feria privada de Sevilla sigue dependiendo menos del capital que del tiempo.

LAS CASETAS, PEQUEÑAS INSTITUCIONES CIVILES

Esa lógica llega hasta la célula más pequeña del sistema. Para la modalidad familiar, la ordenanza exige al menos cinco titulares de distintas unidades familiares, con igualdad de derechos y obligaciones. La caseta privada sevillana, leída así, es una pequeña institución civil, una sociedad provisional que durante una semana reproduce jerarquías, pactos, hospitalidad y disciplina interna.

También su forma física habla de eso. La guía oficial describe la caseta como heredera de los antiguos tinglados de las ferias de ganado: fachada con pañoleta, entrada delimitada por barandilla, una zona delantera o noble donde se baila, se recibe y se colocan las mesas, y una trastienda donde quedan cocina, bar y servicios. La mayoría son privadas, añade el documento, y por eso recomienda al visitante llegar ‘con los sevillanos’, que serán quienes le abran la ruta de conocidos y amigos.

Eso no significa que la Feria sea inaccesible. La propia guía oficial enumera casetas públicas —la de Turismo de Sevilla y varias de distrito, además de otras de sindicatos, partidos y asociaciones— y señala que las de distrito cierran a las 3.00 de la madrugada. Pero esa apertura convive con un dato más importante: la mayoría de las casetas siguen siendo privadas. La Feria ofrece puertas abiertas; su corazón, en cambio, continúa latiendo en régimen de invitación.

El ritmo de esa Sevilla reservada también tiene sus horas. De día, a partir del mediodía, manda el paseo de caballos y el almuerzo; de noche, desde las ocho, el recinto cambia de temperatura, se enciende del todo y se prolonga hasta la madrugada. La guía turística añade otra pista decisiva: no es obligatorio vestir de una manera concreta, pero lo habitual sigue siendo media etiqueta para ellos y traje de flamenca para ellas. Como casi todo en la Feria privada, no es una imposición; es una forma de leer el ambiente.

Los grandes clubes de la ciudad sirven de observatorio privilegiado para entender ese mundo. El Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla recuerda en su propia historia que su presencia en la Feria arranca en 1870; otra pieza de su archivo subraya que, tras el traslado del recinto a Los Remedios en 1973, mantuvo la concesión de la caseta más grande del Real. En 2025 detalló una infraestructura de 2.340 metros cuadrados, 9.000 farolillos, 30.000 flores blancas, capacidad para más de 1.800 personas y más de 1.000 cenas en la noche del ‘pescaíto’. Ahí la palabra “caseta” se queda corta: es casi una sede paralela de la ciudad.

Pero incluso en esa escala monumental, el acceso se rige por reglas nítidas. El propio Mercantil fijó en 2025 que, para entrar, era imprescindible mostrar el carné de socio; la tarjeta semanal para familiares no socios costaba 60 euros, y la invitación diaria para no socios, siempre acompañados por un socio, 42 euros. La norma no es solo económica: es relacional. La invitación importa porque obliga a un anfitrión, ordena la responsabilidad y protege un ecosistema de confianza.

Algo parecido se advierte en el Real Club de Andalucía, conocido como El Aero. En el resumen de su web oficial, el club presenta su caseta de Feria como lugar de encuentro de la sociedad española y europea y recuerda que el número de socios está limitado a 700. Más que un detalle de sociedad, es una pista de fondo: en Sevilla, la vida de club no se suspende durante la Feria; se traslada a ella.

HASTA 40.000 EUROS ANUALES

Mantener ese mundo tiene un precio. El País recogía en 2024 la estimación de la Asociación de Titulares de Casetas: una caseta familiar suele moverse entre 20.000 y 40.000 euros al año, entre canon, montaje, restauración, camareros, seguridad, decoración y actuaciones.

El mismo debate sobre la duración del festejo mostró hasta qué punto la Feria sigue siendo una cuestión íntima para los sevillanos: en la consulta popular de 2024, el 52% votó por volver al modelo tradicional de lunes a domingo frente al 48% que prefería el formato largo de sábado a sábado. La tradición, aquí, no es solo estética; también es contabilidad doméstica y defensa de un modo de vivir la fiesta.

Por eso, la Feria más exclusiva de Sevilla no se parece demasiado a la idea actual del lujo. No presume de novedad, ni de escasez fabricada, ni de ostentación. Su verdadero prestigio es otro, el de haber logrado que una gran fiesta pública siga funcionando, en su médula, como una red de pertenencia. Una caseta no vale porque sea inaccesible; vale porque alguien la sostiene, la renueva, la hereda, la paga y la llena de gente conocida desde hace años. En una época obsesionada con entrar en todas partes, Sevilla conserva un territorio donde lo importante sigue siendo que alguien responda por ti.

La lección cultural de la Feria privada sevillana acaso sea esa: que la exclusividad más resistente no nace del dinero, sino del tiempo. No del privilegio exhibido, sino del vínculo repetido. Y que, detrás de los farolillos y del albero, lo que sobrevive no es una postal, sino una forma antigua, y todavía muy eficaz, de ordenar la vida social.

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