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¿Inflación alimentaria 2.0? Vuelve el miedo a una segunda ola

Fertilizantes más caros, tensiones logísticas y el impacto del clima reactivan el temor a una nueva ola de inflación que podría volver a sentirse en la cesta de la compra

En 2024, el gasto en alimentación bajó un 6,3%, pero el destinado a vehículos subió un 10,6%
Por Marta Díaz de Santos

Cuando parecía que la gran crisis inflacionista empezaba a quedar atrás, surge una nueva preocupación y es que los precios vuelvan a repuntar, esta vez por la vía de los alimentos. No sería una repetición exacta de la ola que disparó la inflación en 2022, marcada por la energía y la guerra en Ucrania, sino una nueva presión nacida en el campo y en la cadena alimentaria.

La inquietud crece por una combinación de factores que empieza a recordar que la inflación no siempre llega por el mismo sitio. Los fertilizantes vuelven a encarecerse, el transporte internacional se enfrenta a nuevas tensiones, el clima sigue golpeando cosechas y algunos productores alertan de mayores costes en origen. Todo eso puede acabar llegando, más tarde o más temprano, a la cesta de la compra.

Según un informe del IETSE del Centro de Almaceneros, la inflación alimentaria mostró una fuerte en marzo, con un aumento del 3,6%, por encima de la inflación general del 3,3%. El documento destaca subas significativas en productos básicos como azúcar, lácteos, aceites y harinas, impactando de lleno en el costo de la canasta alimentaria. Además, el informe advirte una caída del 8,1% en el consumo interanual y señala que más de la mitad de los hogares tuvo dificultades para cubrir sus necesidades básicas de alimentación, reflejando el deterioro del poder adquisitivo y el impacto social del alza de precios.

El riesgo, explican en el sector, es que se esté formando una especie de "inflación en diferido". Porque cuando suben los costes para producir alimentos, ese impacto no suele notarse de inmediato en el supermercado. Primero se encarece sembrar, regar o alimentar ganado; después aumentan los costes para productores e industria; y solo meses después empieza a reflejarse en el precio final que paga el consumidor.

Ahí es donde entran los fertilizantes, uno de los grandes focos de atención. Son un coste básico para buena parte de la agricultura y, cuando se disparan, pueden acabar afectando desde cereales hasta frutas y hortalizas. No tienen la visibilidad del petróleo o la gasolina, pero para el campo son casi tan decisivos. Y por eso muchos ven ahí uno de los grandes riesgos silenciosos para los precios.

A eso se suma la logística, otro elemento menos visible pero fundamental. Durante la gran crisis inflacionista quedó claro que no solo importa cuánto cuesta producir, sino cuánto cuesta transportar. Y ahora vuelven a aparecer señales de tensión, como rutas marítimas más caras, seguros que suben, transporte más costoso y una cadena de suministro que vuelve a mostrar fragilidad. Aunque no siempre se vea, todo eso acaba teniendo reflejo en el precio de muchos alimentos.

El clima es el tercer gran factor. Sequías, olas de calor o cosechas más débiles son un problema medioambiental pero también económico. De hecho, algunos economistas hablan ya de "inflación climática", una idea que hasta hace poco parecía teórica pero que hoy se nota en productos especialmente sensibles como frutas, aceite o frutos secos.

Precisamente el sector de la almendra en España se está mirando como un ejemplo de esas nuevas tensiones. El temor a una campaña complicada por el clima, unido a la incertidumbre geopolítica y el encarecimiento de costes, ha encendido alertas en el sector. Más que un caso aislado, muchos lo ven como una señal de lo que podría pasar en otros cultivos si estos factores se agravan.

Y esto importa más allá del supermercado. Porque si los alimentos vuelven a tirar de la inflación, el impacto puede sentirse también en los bolsillos por otras vías. Un repunte de precios puede complicar la bajada de tipos de interés que esperan muchas familias con hipoteca variable, mantener más tiempo caro el crédito y volver a meter presión sobre los salarios si el coste de vida sube más deprisa que los sueldos.

El miedo no es una nueva espiral inflacionista como la de hace unos años, es más bien un rebrote suficiente para alterar la sensación de alivio que empezaba a instalarse. Por ahora no hay una nueva crisis en marcha pero sí señales que muchos miran con atención. Porque si la primera gran ola inflacionista llegó impulsada por la energía, algunos empiezan a preguntarse si la siguiente podría arrancar en el campo. Y si eso ocurre, volvería a notarse en el lugar donde la inflación se hace más visible para todos... la cesta de la compra.

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