Antes de enseñar a pensar, quizá haya que volver a enseñar a atender. Esa tarea se ha convertido en una de las más urgentes de nuestro tiempo porque la economía digital no compite únicamente por nuestro ocio, sino por nuestra capacidad de presencia. Los dispositivos ya no esperan pasivamente a ser usados: llaman, vibran, sugieren, interrumpen, premian, recuerdan, miden y comparan. Una parte inmensa del negocio tecnológico se sostiene sobre la captura y fragmentación de la atención humana.
En la escuela, esta transformación se manifiesta en dificultades para sostener la lectura de textos largos, en clases atravesadas por la distracción y en alumnos acostumbrados a recompensas inmediatas. En la universidad, aparece en estudiantes que alternan apuntes, mensajes, pestañas, resúmenes automáticos y consultas constantes. En el trabajo, se expresa en profesionales que encadenan reuniones, notificaciones y urgencias hasta perder la posibilidad de pensar una idea de principio a fin. En la vida privada, se percibe en conversaciones que se interrumpen antes de tocar fondo.

La atención, la condición de casi todo lo valioso
Sin atención no hay estudio profundo, pero tampoco escucha, amistad, investigación, cuidado, creación, deliberación democrática ni amor sostenido. Una sociedad distraída no es simplemente una sociedad menos productiva; es una sociedad más manipulable, porque reacciona antes de comprender, se indigna antes de leer, comparte antes de verificar y confunde intensidad emocional con verdad.
Javier Roca, cofundador y co-CEO de TheNomba y cofundador de It’s Time To Think, sostiene que la superficialidad digital no se cura únicamente retirando pantallas, sino ofreciendo algo mejor que ellas. La prohibición puede ser necesaria en determinados contextos, pero no basta. Nadie abandona de verdad una recompensa pobre si no descubre una recompensa más alta. Un buen libro, una conversación intensa, un maestro exigente, una comunidad viva, una experiencia de belleza o de servicio pueden competir con la pantalla mejor que cualquier sermón.
La atención desemboca inevitablemente en la convivencia. La educación siempre ha tenido una dimensión política, aunque no necesariamente partidista, porque introduce a los nuevos en un mundo común. Les entrega palabras, relatos, herramientas, dudas, memoria y criterios de convivencia. Les enseña, o debería enseñarles, que vivir con otros exige algo más que expresar preferencias y defender intereses. Este año, esa tarea se ha vuelto más difícil porque la polarización convierte la discrepancia en amenaza y las redes premian la respuesta rápida, la frase cruel y la pertenencia visible al propio bando.
Una formación que aspire a preparar ciudadanos no puede ignorar ese clima. Debe enseñar a discutir sin destruir, a leer al adversario en su mejor versión y no solo en su caricatura, a distinguir entre una diferencia legítima, una mentira, una injusticia y un error, a cambiar de opinión sin vivirlo como una humillación y a defender una convicción sin convertirla en identidad blindada.

Diego S. Garrocho Salcedo, vicedecano de Investigación, Transferencia del Conocimiento y Biblioteca en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, empuja el argumento hacia la esfera pública. Ha defendido la moderación como una forma de valentía política y advierte de que la polarización no es un accidente natural. “Es una quiebra de la concordia civil diseñada y planificada con sumo cuidado”, sostiene. Su diagnóstico obliga a no cargar toda la responsabilidad sobre la escuela: la ruptura de la amistad civil tiene mucho que ver con el uso de la palabra pública, con medios que premian la fractura, líderes que rentabilizan la indignación y una conversación colectiva que ha convertido al discrepante en enemigo. Enseñar a dudar, cambiar de opinión y discutir sin destruir no puede resolverse únicamente añadiendo asignaturas; exige adultos, instituciones y élites responsables que encarnen públicamente aquello que dicen querer enseñar.
Javier García Cañete, director de Programas de la Fundación Botín, sitúa la escucha en el centro del liderazgo y, por extensión, de cualquier formación que aspire a preparar para la complejidad. Antes de liderar, sostiene, una persona debería haber aprendido a escuchar. Escuchar supone reconocer que el otro puede enseñarnos algo incluso cuando incomoda, y sin esa disposición no hay universidad, empresa sana ni democracia fuerte.
Si la formación quiere ser un antídoto contra la polarización, debe dejar de entender el pensamiento crítico como una habilidad abstracta y convertirlo en práctica. Lecturas compartidas, debates con reglas, escritura argumentativa, encuentros intergeneracionales, conversaciones entre personas de mundos distintos, ejercicios de escucha y evaluaciones que premien la comprensión de la postura contraria pueden formar ciudadanos menos rápidos para indignarse y más capaces de deliberar. No se trata de formar ciudadanos tibios, sino ciudadanos más difíciles de manipular.

El talento necesita acompañamiento, comunidad y oportunidades también en la vida adulta
Hay una escena silenciosa que se repite en muchas ciudades: jóvenes con estudios, idiomas, currículos razonables, acceso a información infinita y una sensación persistente de no saber dónde agarrarse. No siempre están en crisis visible; a menudo funcionan, trabajan, estudian, responden mensajes, cumplen objetivos y se mueven con aparente eficacia. Pero por dentro viven una mezcla de ansiedad, comparación, cansancio y falta de dirección que no se resuelve con otra credencial.
La educación no creó por sí sola esa soledad (y sería injusto afirmarlo). Pesan la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda, la fragilidad de algunos vínculos, la sobreexposición digital, la cultura del rendimiento, la incertidumbre económica, la desaparición de espacios comunitarios y una vida pública cada vez más áspera. Pero la educación sí forma parte de la respuesta, porque una persona no necesita solo competencias para vivir; necesita lenguaje para comprender lo que le ocurre y vínculos que le permitan no atravesarlo en soledad.
Roca asegura que hemos formado a una generación técnicamente preparada y profundamente sola, con ansiedad, con dudas que no sabe dónde colocar y sin suficientes adultos o comunidades que ayuden a ordenarlas. Si ese diagnóstico incomoda, quizá sea porque toca una verdad reconocible. Durante años se habló de preparar a los jóvenes para el futuro como si el futuro fuera principalmente un mercado. Pero el futuro también es perder a alguien, enamorarse, fracasar, cuidar a un padre enfermo, elegir una vida, renunciar a otras, votar, equivocarse, pedir ayuda, resistir la comparación y hacerse cargo de la propia libertad.
García Cañete habla de crear comunidades donde la persona se sienta reconocida y retada. La unión de esos dos verbos resulta especialmente importante. Reconocer sin retar puede dejar a alguien instalado en sí mismo; retar sin reconocer puede romperlo. La formación necesita ambas cosas: una mirada que diga “te veo” y una exigencia que diga “puedes crecer”. “No basta con transmitir contenidos; hay que ayudar a cada uno a descubrir para qué sirve lo que aprende, cómo puede ponerlo al servicio de otros y cómo puede crecer sin desconectarse de su dimensión humana”, sostiene.
La Fundación Botín lleva años trabajando desde esa convicción a través de programas que buscan desarrollar capacidades emocionales, sociales y creativas desde edades tempranas, implicando a docentes, alumnado y familias. La idea no consiste en sustituir contenidos por bienestar, sino en comprender que la persona aprende mejor cuando puede reconocerse, expresarse, convivir, autocontrolarse, tomar decisiones responsables, cuidar su salud relacional y despertar su creatividad. Ese trabajo, si se realiza de forma continuada y no como intervención ocasional, acompaña etapas especialmente sensibles como la adolescencia y puede transformar la manera en que un alumno se sitúa ante el aula, ante los demás y ante su propio crecimiento.
Esto no significa rebajar la exigencia académica, sino comprender qué la hace posible. Cuidar no equivale a consentir; acompañar no significa eliminar la dificultad. La buena formación no trata al alumno como una criatura frágil incapaz de esfuerzo, pero tampoco confunde exigencia con indiferencia o dureza con calidad. Trata de construir un entorno en el que la dificultad tenga sentido, el error pueda convertirse en aprendizaje y la persona se sienta reconocida sin quedar encerrada en lo que ya es.

La palabra liderazgo, tan desgastada por cursos y manuales, adquiere aquí un significado más humilde y exigente. García Cañete recurre de forma explícita a Bob Chapman, empresario y autor de una influyente defensa del liderazgo humanista centrada en la idea de que todas las personas importan. De Chapman rescata tres aprendizajes que considera fundamentales: escucha, humildad y paciencia audaz. La escucha permite entender a las personas; la humildad evita creerse por encima de ellas; la paciencia audaz sostiene procesos de transformación sin caer en la prisa ni en la resignación. “El liderazgo no debería entenderse como mandar, sino como cuidar y hacer crecer el talento de otros”, afirma. Esa idea desplaza el liderazgo desde la épica del mando hacia una responsabilidad más silenciosa y más difícil: crear condiciones para que cada persona pueda poner en juego lo mejor de sí misma. “No se forman líderes solo con contenidos; se forman con experiencias que transforman la manera de mirar y de actuar”, añade.
La conversación educativa suele mirar hacia los jóvenes, quizá porque en ellos se proyecta con más facilidad la idea de futuro. Sin embargo, el futuro también ha alcanzado a los adultos, y muchos no han tenido tiempo de prepararse para él. Trabajadores que aprendieron un oficio estable descubren que su sector se digitaliza; profesionales que construyeron prestigio sobre una habilidad concreta ven cómo una herramienta la abarata; personas con responsabilidades familiares reciben el mensaje de que deben reciclarse, actualizarse o reinventarse, como si la reinvención fuera un trámite administrativo y no una conmoción biográfica.
La formación permanente se ha convertido en una expresión imprescindible y, a veces, cruel. Es imprescindible porque nadie podrá vivir durante toda una carrera de lo aprendido a los veinte años. Pero puede ser cruel cuando se formula como una obligación individual sin atender a las condiciones reales de quien debe aprender de nuevo. ¿Quién tiene tiempo para formarse después de una jornada larga? ¿Quién puede pagar un curso si apenas llega a fin de mes? ¿Quién se atreve a volver a estudiar si su última experiencia educativa fue de fracaso? ¿Quién acompaña al adulto que siente vergüenza de no entender una tecnología que otros manejan con naturalidad?
Los informes internacionales llevan años señalando una paradoja: quienes más participan en formación adulta suelen ser quienes ya tienen mayor nivel educativo, mejores empleos y más recursos. Los que más necesitarían nuevas oportunidades son, con frecuencia, quienes menos acceden a ellas. Si no se corrige esta dinámica, la formación permanente puede ampliar la desigualdad en lugar de reducirla.
La mirada de García Cañete sobre el talento resulta útil también en la edad adulta. Nadie aprende de verdad en abstracto ni en soledad. El talento necesita contexto, mirada, exigencia y acompañamiento, también cuando una persona siente que llega tarde. Preparar a los adultos exige políticas y culturas de aprendizaje más inteligentes: horarios compatibles, formación modular, reconocimiento de experiencia previa, orientación personalizada, apoyo económico, empresas corresponsables e instituciones públicas que no hablen de reskilling como si las personas fueran piezas de una cadena de montaje.
Qué capacidades debería garantizar la formación
Cuando se pregunta qué profesionales necesitará la sociedad en los próximos años, la respuesta suele adoptar la forma de un catálogo: expertos en datos, inteligencia artificial, ciberseguridad, energías limpias, biotecnología, salud, cuidados, educación, ingeniería, logística o sostenibilidad. La lista es necesaria, pero incompleta, porque la cuestión no es solo qué sectores crecerán, sino qué clase de personas ocuparán esos sectores y con qué idea de responsabilidad ejercerán su poder.
Necesitaremos médicos capaces de interpretar sistemas de apoyo diagnóstico sin dejar de mirar a los ojos; ingenieros que diseñen infraestructuras eficientes y comprendan sus consecuencias sociales; programadores que entiendan que el código también organiza poder; docentes que usen tecnología sin renunciar a la presencia; directivos que sepan que la productividad no puede comprarse al precio de la devastación interior; periodistas que trabajen con IA sin entregar la verificación; juristas que comprendan algoritmos; humanistas que no desprecien la técnica y técnicos que no desprecien la filosofía. El profesional valioso no será simplemente quien se adapte a cualquier cosa, porque la adaptación sin criterio puede convertirse en obediencia. Será quien sepa aprender sin perder dirección, colaborar con máquinas sin abdicar de su juicio, combinar solvencia técnica con imaginación moral y explicar con claridad aquello que sabe. En sociedades saturadas de datos, la capacidad narrativa no es un adorno, sino una forma de ordenar la realidad para decidir mejor.
La formación no puede descansar en una sola institución, porque la escuela, la Formación Profesional, la universidad, la empresa, la familia, la administración pública, el tercer sector, las plataformas culturales y las comunidades locales forman un ecosistema. Cuando una de esas piezas falla, las demás cargan con más peso; cuando todas se desconectan, el individuo queda solo frente al mandato de adaptarse.
La escuela debería recuperar una idea exigente de formación general, no como acumulación enciclopédica, sino como arquitectura interior: leer, escribir, calcular, observar, crear, convivir, conocer la historia propia y ajena, comprender la ciencia, manejar tecnología, cuidar el cuerpo y aprender a discutir. La infancia y la adolescencia no son solo una antesala del empleo, sino el tiempo en que se forma la mirada.
La Formación Profesional debería consolidarse como una vía de excelencia y no como refugio de quienes no siguen el itinerario académico tradicional. En un país que necesita técnicos cualificados, transición energética, industria, cuidados, digitalización y oficios bien hechos, la FP puede ser una de las grandes palancas de dignidad laboral, siempre que cuente con prestigio, inversión, orientación y conexión real con empresas que no la utilicen como simple cantera barata.
La universidad debe resistir dos tentaciones opuestas: encerrarse en un prestigio abstracto o convertirse en una oficina de empleabilidad inmediata. Su tarea debería ser más ambiciosa: formar conocimiento avanzado, criterio público, investigación, conversación intelectual y profesionales capaces de pensar más allá de la primera demanda del mercado. La empresa, por su parte, ya no puede limitarse a exigir talento formado; debe participar en la formación sin reducirla a adiestramiento, porque hablar de aprendizaje continuo mientras se castiga el tiempo de aprender es una contradicción frecuente.
La administración tiene que crear marcos de equidad: financiar, orientar, evaluar, corregir brechas y asegurar que el aprendizaje permanente no sea privilegio de quienes ya tienen ventaja. El tercer sector puede aportar algo que a menudo falta en las grandes estructuras: proximidad, experimentación, comunidad y sensibilidad hacia talentos que no encajan en los moldes dominantes. Y la familia, aunque no siempre aparezca en los informes educativos, sigue siendo el primer lugar donde se aprende la relación con el esfuerzo, la conversación, el límite, la lectura, la atención y la esperanza.

Contenidos o ejes fundamentales que debería tener una formación seria e integral
La pregunta por los contenidos suele derivar en guerras culturales: más tecnología o más humanidades, más competencias o más conocimientos, más empleabilidad o más ciudadanía, más libertad o más canon. El debate es legítimo, pero a menudo se plantea como si hubiera que elegir entre dimensiones que deberían convivir. Una formación seria tendría que organizarse alrededor de varios núcleos complementarios, no de una sustitución permanente de unas prioridades por otras.
El primero son los fundamentos: lectura, escritura, matemáticas, ciencias, historia, filosofía, artes, economía básica, ciudadanía y cultura digital. No como compartimentos aislados, sino como lenguajes para comprender el mundo. El segundo es el pensamiento complejo, porque los grandes problemas (clima, migraciones, salud pública, tecnología, desigualdad, energía o democracia) no caben en una sola asignatura y exigen aprender a ver relaciones, consecuencias no previstas y tensiones entre bienes legítimos.
El tercer núcleo es la alfabetización tecnológica e IA, que no puede limitarse al uso instrumental de dispositivos. Hay que entender cómo se producen los datos, qué sesgos arrastran los sistemas, qué se puede automatizar, qué no debería automatizarse, quién gana y quién pierde con cada implementación. El cuarto son el carácter y los hábitos: puntualidad, esfuerzo, paciencia, valentía intelectual, honestidad, capacidad de revisión y resistencia a la frustración. Son palabras antiguas, quizá, pero no por eso menos necesarias.
El quinto es la conversación como método de aprendizaje: seminarios, debates, tutorías, presentaciones, escucha activa y desacuerdo razonado. El sexto es la experiencia: proyectos reales, prácticas, aprendizaje-servicio, investigación, creación, contacto con oficios y problemas de comunidad. Aprender haciendo, pero también pensando sobre lo hecho. El séptimo es la educación emocional, social y creativa: autoconocimiento, autocontrol, empatía, cooperación, toma de decisiones responsable, expresión emocional y creatividad. No como asignatura menor, sino como condición para aprender y convivir.
El octavo, quizá el más difícil de medir, es el sentido. Preguntas sobre vocación, propósito, límites, muerte, amor, justicia, responsabilidad o belleza. No para imponer respuestas, sino para impedir que las preguntas desaparezcan. Garrocho sería partidario de situar aquí una asignatura obligatoria de ética para cualquier estudiante, con independencia de que estudie ingeniería, medicina, derecho o empresa. No una ética reducida a protocolo, cumplimiento normativo o reputación corporativa, sino una ética entendida en su sentido clásico: “una reflexión sobre la buena vida”. Leer a Platón, discutir sobre verdad, justicia o belleza, aprender a argumentar y persuadir no sería un lujo arqueológico, sino, en sus palabras, “una labor espiritual de primer orden” y “una sana cura de humildad”.
Hay un modo de hablar del futuro que convierte a las personas en inventario. Capital humano, talento, perfiles, competencias, empleabilidad, productividad, adaptación. Todas esas palabras tienen su lugar, porque las sociedades necesitan organizar capacidades y responder a necesidades reales. El problema aparece cuando ocupan todo el lenguaje disponible y no dejan espacio para nombrar aquello que no puede reducirse a rendimiento.
Si solo hablamos de capital humano, olvidamos que educamos seres humanos. Si solo hablamos de talento, dejamos fuera a quienes avanzan despacio o no brillan bajo los indicadores habituales. Si solo hablamos de competencias, olvidamos que una persona puede ser competente y estar perdida. Si solo hablamos de productividad, dejamos sin defensa los tiempos aparentemente improductivos donde se forma la profundidad: leer, conversar, contemplar, cuidar, equivocarse, esperar.
Roca insiste en recuperar la conversación larga, el libro entero, el maestro, el propósito y la trascendencia. No como nostalgia, sino como respuesta contemporánea a una carencia contemporánea. En una época que acelera, la lentitud puede ser una forma de resistencia; en una época que fragmenta, la continuidad puede ser una forma de cuidado; en una época que delega, el juicio propio puede ser una forma de libertad. Garrocho añade una advertencia incómoda: el deterioro educativo no se explica solo por la oposición entre productividad y formación real. También pesan la banalización de los conocimientos, la ideologización de los currículos y la pérdida de densidad cultural en quienes diseñan políticas educativas. La educación pública, además, afronta un desafío especialmente delicado: “tiene que ser asertiva en la defensa de determinados valores pero debe guardar un respeto escrupuloso del pluralismo”.
La formación se encuentra entre dos peligros. Uno es la nostalgia paralizante, que imagina que bastaría con regresar a una escuela anterior, como si aquella no hubiera tenido exclusiones, rigideces y silencios. El otro es el futurismo vacío, que confía en que cada nueva tecnología traerá por sí misma una educación mejor. Entre ambos extremos hay una tarea más difícil y más fértil: construir una formación capaz de mirar al futuro sin sacrificar lo humano, y capaz de recuperar lo valioso sin convertirlo en museo.
La pregunta “qué debemos aprender” seguirá siendo importante. Habrá que aprender IA, datos, idiomas, ciencia, energía, cuidados, programación, escritura, oficios, pensamiento estadístico, salud y sostenibilidad. Pero antes, o al mismo tiempo, habrá que responder otra: para qué. García Cañete lo formula de manera directa: “Estamos hablando mucho del qué y poco del para qué”. Para competir mejor, sí, en parte; para trabajar con dignidad, desde luego; para no ser sustituidos, quizá. Pero también para comprender el mundo, para no ser arrastrados por cualquier promesa, para convivir con quien piensa distinto, para cuidar lo frágil, para decidir con otros y para sostener una vida que no dependa únicamente del reconocimiento del sistema.
Una sociedad que solo forma trabajadores adaptables puede acabar produciendo ciudadanos desorientados. Una sociedad que solo forma individuos expresivos puede olvidar la excelencia y el deber. Una sociedad que solo forma especialistas puede quedarse sin lenguaje común. Una sociedad que solo forma para el presente puede traicionar a los que vienen. Formar debería significar preparar a las personas para trabajar, pero también para leer el tiempo que les toca, elegir cuando nadie les dé instrucciones, resistir los atajos, reconocer la verdad aunque sea incómoda, crear belleza, cuidar vínculos, cambiar de opinión y hacerse responsables de un mundo común. El futuro no necesita únicamente profesionales más flexibles. Necesita personas con fondo, con criterio y con corazón. Quizá esa sea la tarea más urgente de la educación: no prometer que el mundo será estable, sino formar seres humanos capaces de no perderse cuando deje de serlo.


