La transición energética suele asociarse a paneles solares, parques eólicos o coches eléctricos. Sin embargo, la clave ya no está tanto en producir energías limpias, sino en transportarla. Las redes eléctricas, una infraestructura poco visible para el gran público, se han convertido en una de las principales claves para la descarbonización y en uno de los mercados con mayor potencial de inversión de las próximas décadas.
Hace tres años, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) lanzó una advertencia en su informe Electricity Grids and Secure Energy Transitions. En el texto, la AIE aseguraba que si los gobiernos no aceleran la construcción y modernización de las redes eléctricas, los objetivos climáticos y energéticos podrían quedar seriamente comprometidos. Según la agencia, el mundo deberá construir o renovar alrededor de 80 millones de kilómetros de líneas eléctricas de aquí a 2040, una cifra equivalente a toda la red eléctrica mundial existente en la actualidad.
La razón es sencilla. Las energías renovables suelen producir electricidad lejos de los grandes centros de consumo. Los parques eólicos marinos, por ejemplo, necesitan enormes líneas de alta tensión para transportar la energía hasta las ciudades, mientras que las plantas solares requieren conexiones capaces de absorber una producción muy variable a lo largo del día. Sin esas infraestructuras, la electricidad simplemente no puede llegar a las industrias y los hogares.
El problema no es producir, sino transportar
El problema ya es visible en varios países. La AIE señala que existen miles de gigavatios de proyectos eólicos, solares y de almacenamiento esperando autorización para conectarse a la red eléctrica. Muchos de ellos podrían entrar en funcionamiento rápidamente desde el punto de vista técnico, pero permanecen bloqueados por la falta de capacidad de las infraestructuras de transporte y distribución.
La electrificación de la economía intensificará todavía más esta presión. El crecimiento del vehículo eléctrico, las bombas de calor, los centros de datos impulsados por la inteligencia artificial y la futura producción de hidrógeno verde incrementarán significativamente la demanda de electricidad durante los próximos años. Según la propia AIE, el consumo mundial de electricidad crecerá con mucha mayor rapidez que el consumo total de energía, lo que exigirá redes más potentes e inteligentes.
Europa ya está adaptando su estrategia. La Comisión Europea presentó en 2023 un Plan de Acción para las Redes Eléctricas con el objetivo de acelerar inversiones, reducir los tiempos de autorización y facilitar la integración de energías renovables. Bruselas estima que será necesario movilizar inversiones del orden de 584.000 millones de euros en redes eléctricas antes de 2030 para modernizar y ampliar el sistema europeo.
No se trata únicamente de construir nuevas líneas de alta tensión. La transformación también afecta a las redes de distribución, responsables de llevar la electricidad hasta viviendas y empresas. Estas infraestructuras deberán gestionar un sistema mucho más complejo, en el que millones de consumidores también producirán electricidad mediante paneles solares o almacenarán energía en baterías domésticas y coches eléctricos.
La digitalización será otra pieza clave. Las llamadasredes inteligentes incorporan sensores, automatización y análisis de datos para equilibrar en tiempo real la oferta y la demanda de electricidad. Esta capacidad será esencial para integrar una proporción creciente de generación renovable, cuya producción depende de factores meteorológicos. El volumen de inversión previsto está atrayendo a empresas de ingeniería, fabricantes de equipos eléctricos y operadores de redes. Según la AIE, la inversión mundial en redes eléctricas ronda actualmente los 250.000 millones de euros anuales, pero debería superar ampliamente esa cifra para ajustarse al ritmo de expansión de las energías limpias. De lo contrario, el riesgo es que la capacidad de generación crezca más rápido que la infraestructura necesaria para distribuirla. Por lo tanto, en la próxima década, el éxito de la transición energética dependerá tanto de las infraestructuras de energías renovables que se construyan como de los kilómetros de cables, subestaciones y sistemas digitales que se habiliten.
