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El momento de la recuperación

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Borja Carrascosa: recuperación
Por Borja Carrascosa, director de Capital

La economía española inicia el curso de la recuperación con la expectativa de convertirse, junto a Italia, en una de las locomotoras del crecimiento en Europa. Nuestro país es extremista en lo económico: cuando cae, lo hace mucho más que el resto, y los rebotes desde mínimos son también más intensos que los que registran los estados de nuestro entorno. Esta volatilidad macroeconómica, evidentemente, no es buena, pero el necesario cambio de modelo que requiere su corrección no se puede realizar en el corto plazo. Vamos, pues, con las previsiones.

España crecerá, según la media de los pronósticos, más de un 6% en el presente ejercicio, tras caer un 10,8% el año pasado. En la comparativa con Italia, las previsiones indican que la economía transalpina crecerá en el entorno del 5,5%, aunque el año pasado sufrió menos que la española (recorte del 8,9%). A pesar de ser un rebote coyuntural, la recuperación de ambos países debe ser interpretada como una muy buena noticia para el Sur de Europa. Y, más allá, como un incentivo para reforzar la resistencia de estos estados ante crisis como la que hemos padecido en los últimos años. La famosa “resiliencia”.

Estos pronósticos también arrojan otro dato curioso. De confirmarse, la economía española registrará un porcentaje de crecimiento desconocido desde los últimos años del franquismo. Concretamente, desde 1973, cuando, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el Producto Interior Bruto (PIB) rebotó un 7,8%. Un año después, en 1974, el aumento fue del 5,6%, mientras que, en 1987, el avance fue del 5,5%. Nuestro país nunca ha crecido más del 6% en democracia, pero esto no le ha impedido lograr unos niveles de calidad de vida que para otros estados son impensables.

Así, más allá de las cifras, la senda de la recuperación económica es la que marcará si esta crisis verdaderamente nos ha hecho más humanos. Hay voces que empiezan a reclamar a los países desarrollados que, en vez de centrarse en aumentos de PIB, los modelos económicos de la post-pandemia deberían centrarse en mejorar la calidad de vida y en solucionar las necesidades de los ciudadanos. La sostenibilidad, la inclusión y el respeto al medio ambiente son las principales puntas de lanza de esta nueva tendencia.

En cualquier caso, lo deseable sería encontrar un equilibrio que permitiera que los ingresos fueran suficientes como para financiar este desarrollo sostenible y evitar tener que recurrir al modelo de endeudamiento perpetuo. En este contexto, y a pesar de que nuestra economía es más frágil y volátil que otras comparables, en España podemos presumir de tener una esperanza de vida superior a la de Estados Unidos (82,4 frente a 77,3 años, concretamente, en cifras de 2020) con un PIB per cápita un 55% inferior -23.700 frente a 55.700 euros-. En esencia, somos menos ricos, pero vivimos mejor.

Recuperación y creación de empleo

España, con estos mimbres, también es testigo de una recuperación a dos velocidades. El rebote del PIB no ha impedido que el mercado laboral siga sufriendo como pocos. Además de la esperanza de vida, nuestro país también destaca especialmente por sus cifras de desempleo juvenil y por la brecha de formación que sufre su población activa para cubrir los puestos de trabajo relacionados con la digitalización.

La necesaria reforma del mercado laboral, impulsada con el “maná” de los fondos europeos, debe estar marcada por políticas activas que aporten flexibilidad en términos de contratación. La excesiva rigidez y sobreprotección del trabajador lleva implícito el riesgo de destruir puestos de trabajo en vez de crearlos. Y, realmente, ¿qué puede haber más inclusivo y sostenible que un crecimiento económico que crea empleo para el conjunto de la población?

España tardó casi nueve años en recuperar los niveles de PIB que tenía antes de la crisis de 2008, mientras que las cifras de empleo están lejos de las registradas en 2007. Debe tomar ejemplo de aquellos países que mejor reaccionan ante golpes imprevistos. El riesgo de sufrir otra década perdida es alto, y es posible que el Banco Central Europeo (BCE) no siempre esté disponible para rescatarnos.

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