Revista Capital

La casa que viene: calma, materia y bienestar

El interiorismo actual deja de centrarse en la estética para convertirse en una herramienta que prioriza el bienestar, la experiencia sensorial y la conexión emocional con el hogar

Por Marta Díaz de Santos

Hay momentos en los que el interiorismo deja de girar en torno a la estética para empezar a hablar, de verdad, de cómo vivimos. Y este año promete ser uno de esos momentos. La vivienda ya no se proyecta como una suma de tendencias, ni como un escenario pensado para ser fotografiado, ni como una colección de objetos bonitos pero intercambiables. La gran transformación consiste en entender la casa como un refugio emocional, un espacio que se contempla y se experimenta con el cuerpo, los sentidos y el estado de ánimo.

Pocas definiciones resumen mejor este cambio que la de Giuliana Kaufman, cofundadora de la firma española Voucler, cuando afirma que “la casa de 2026 se diseña para sentirse”. El hogar aspira a convertirse en una estructura íntima de bienestar, donde cada decisión, desde la luz hasta la textura de los tejidos, desde la temperatura de los materiales hasta la composición del ambiente, trabaja para crear calma, equilibrio y descanso.

Ese es, precisamente, el gran desplazamiento cultural que veremos consolidarse en 2026 y 2027. Ya no se trata tanto de perseguir modas como de adoptar una nueva mentalidad doméstica. Kaufman lo explica muy bien cuando habla de bienestar integrado, sensorialidad, intención, diseño silencioso y calidad duradera. Son ideas que se alejan de la decoración rápida y del efecto inmediato para acercarse a una visión más pausada, más consciente y más vinculada a la experiencia real de habitar. La vivienda deja de responder a la lógica del impacto y empieza a responder a la lógica del cuidado.

Durante mucho tiempo, buena parte del interiorismo residencial estuvo condicionado por una noción de belleza muy ligada a la exposición El verdadero lujo ya no estará en lo evidente, sino en lo que acompaña sin invadir; es decir, una tapicería envolvente, una iluminación cálida y graduable, una distribución que permita respirar, una paleta cromática que baje el ritmo de la mirada...

La vivienda deja de ser únicamente funcional para convertirse en emocional. Kaufman lo formula con otra idea especialmente certera: “Hoy no solo vivimos en casa. Habitamos la casa”. Y esa diferencia es mucho más profunda de lo que parece. Vivir una casa implica usarla; habitarla implica reconocerse en ella, recuperar energía dentro de ella, construir rituales cotidianos y dejar que el espacio acompañe nuestras necesidades físicas y mentales. Es una manera mucho más compleja y más íntima de entender el interiorismo.

Veremos materiales que regulan mejor la temperatura y aumentan la sensación de confort, textiles y acabados más táctiles, entornos pensados para favorecer el descanso, una vuelta a piezas menos numerosas, pero más significativas, y una clara preferencia por ambientes suaves y sensorialmente equilibrados. El interiorismo, en definitiva, se moverá cada vez más hacia una idea de bienestar integral.

En España, esta lectura conecta con el trabajo y el discurso de algunos de los nombres más interesantes del diseño y la arquitectura de interiores. Patricia Urquiola lleva años defendiendo una forma de proyectar donde la materia, la innovación y la sensibilidad conviven con una idea de sostenibilidad real, no cosmética. En su caso, el diseño se entiende como una herramienta para mejorar la relación entre el cuerpo, el espacio y el tiempo. Ese enfoque resulta hoy especialmente pertinente porque 2026 exigirá precisamente eso… interiores cuidados estéticamente, pero también inteligentes, flexibles y duraderos.

También Lázaro Rosa-Violán ha contribuido a redefinir el lenguaje del interiorismo en España, aunque desde espacios impecables, visualmente correctos, saturados de tendencia y, en ocasiones, sorprendentemente poco humanos. Esa etapa empieza a agotarse. “Estamos dejando atrás la decoración como escaparate, los espacios sobrecargados y las tendencias rápidas sin sentido”, sostiene Kaufman.

En su lugar, emerge con fuerza una idea mucho más madura; el hogar como santuario, la estética al servicio del bienestar y un lujo silencioso que no necesita imponerse para ser percibido. No hablamos de ostentación ni de exuberancia, sino de una elegancia baja en ruido visual y alta en calidad atmosférica. Una estética mucho más narrativa y escenográfica. Lo interesante de su aportación es que, incluso cuando introduce capas de color, carácter y teatralidad, siempre existe una lectura muy clara del espacio como experiencia total. Y ahí reside una de las grandes lecciones para esta temporada: la atmósfera pesa más que la suma de los objetos. No basta con elegir muebles, hay que construir un clima emocional.

En esa misma línea, estudios como Casa Josephine han insistido en una idea esencial para entender el momento actual… el interiorismo no trata solo de decorar, sino de crear atmósferas. Esa afirmación resume muy bien el cambio de paradigma. Importa cómo filtra la luz una cortina, cómo envejece una superficie, cómo resuena una estancia, cómo se enlazan los distintos ritmos del día dentro del mismo espacio.

Otro nombre relevante en esta conversación es Patricia Bustos, cuyo trabajo ha demostrado que la emoción puede ser una herramienta legítima del diseño. Aunque su lenguaje formal se mueve con frecuencia en registros más expresivos, su aproximación al color y a la experiencia espacial resulta muy valiosa para entender lo que viene. El interiorismo se concibe como una disciplina capaz de activar sensaciones, vínculos y memorias.

Frente a todo lo efímero, en los próximos meses veremos además una reivindicación de la permanencia. Kaufman resume ese cambio con la fórmula de “menos compra impulsiva y más inversión consciente”. El interiorismo se volverá más selectivo, más editado, más atento a la calidad y menos entregado a la renovación constante. Esto significa que cada pieza tendrá que justificar su presencia, no solo por su belleza, sino por su utilidad, su durabilidad, su capacidad para envejecer con dignidad y su coherencia con el conjunto. Esta idea conecta con la idea de que la casa no debe resolverse de una vez, sino construirse por capas. Marta de la Rica lo ha explicado en distintas ocasiones, entendiendo la vivienda como un espacio vivo que evoluciona con el tiempo.

Si hay un terreno donde mejor se ve el cambio de ciclo es el del color. Durante los próximos dos años veremos consolidarse una paleta más serena, más terrosa y más conectada con la naturaleza en su dimensión más calmada. Giuliana Kaufman lo expresa con muchísima precisión al hablar de “tonos que imitan la naturaleza en su estado más quieto”: verdes apagados, beiges cálidos, blancos con memoria, tierras suaves. Y añade una idea especialmente lúcida: no se trata de neutralidad por moda, sino por necesidad. La expresión que utiliza Voucler, “la paleta del silencio”, es especialmente afortunada porque captura el sentido profundo de esta evolución cromática. No hablamos de colores vacíos ni de casas sin carácter, sino de fondos capaces de bajar la intensidad del entorno y de crear una base emocionalmente estable. La señal más clara está en el regreso de los blancos rotos, cremas y neutros cálidos, muy lejos del blanco frío y del gris impersonal que dominaron durante años. IKEA sitúa el off-white “Cloud Dancer” como uno de los tonos clave del año por su capacidad para crear calma y sensación de bienestar, mientras que la firma Sherwin-Williams define Universal Khaki como un neutro cálido vinculado a lo esencial y a la belleza de lo cotidiano. La plataforma Houzz, además, resume muy bien el clima cromático general de 2026… marcas y firmas están girando hacia una combinación de neutros cremosos, verdes acogedores y algunos tonos oscuros para dar contraste.

Junto a esos fondos serenos, ganan peso los verdes apagados, oliva, salvia y caqui, es decir, colores conectados con la naturaleza pero sin caer en lo literal. Houzz detecta precisamente ese auge de los “cozy greens”, y Sherwin-Williams refuerza esa misma dirección al elegir un khaki cálido como color del año. Son tonos que funcionan especialmente bien con madera, piedra, lino y fibras naturales, y que encajan con una vivienda que busca bajar el ritmo visual en lugar de estimularlo constantemente.

El otro gran movimiento cromático de 2026 llega de la mano de los azules suaves e índigos profundos, aunque usados con mucha más contención que en otros ciclos decorativos. Dulux plantea para este año una auténtica “familia de azules”, con tres índigos como eje de sus propuestas del año, mientras IKEA habla de interiores marcados por el bienestar, los colores suaves y la cercanía a la naturaleza. En casa, esto se traduce en azules empolvados, azul grisáceo, petróleo suave o índigo sereno, sobre todo en dormitorios, salones y rincones de lectura. No son azules fríos ni decorativos en exceso (su función es aportar profundidad, descanso visual y una sensación de recogimiento). Aunque estos tonos también dialogan con otras disciplinas creativas, en interiorismo su lectura será mucho más atmosférica que llamativa.

Y frente a la idea de una casa completamente neutra, 2026 también recupera los marrones, tabacos y tierras como colores de peso. El fabricante de pintura Benjamin Moore lo deja claro con Silhouette AF-655, un marrón profundo entre el burnt umber y el carbón, presentado dentro de una paleta que reivindica los clásicos atemporales, la artesanía y el detalle. No es casualidad: los tonos terrosos y oscuros vuelven para dar densidad, elegancia y una sensación de permanencia a los interiores. Ya no se usan para dramatizar sin más, sino para anclar el espacio, envolverlo y hacerlo más sofisticado.

Ahora bien, eso no significa que desaparezca la personalidad. Lo que se debilita no es el color, sino el color arbitrario. La gama cromática será más consciente, más estratégica y más ligada al ambiente general del proyecto. Los neutros cálidos dominarán los fondos, pero convivirán con acentos muy seleccionados, piezas con profundidad material y contrastes sutiles que aporten identidad sin romper la armonía.

Diseñadores como Lázaro Rosa-Violán han defendido recientemente la salida de la “casa beige”, es decir, de cierta domesticidad excesivamente homogénea y previsible. Un interior sereno no tiene por qué ser plano. Puede haber dramatismo, carácter, contraste o incluso humor, siempre que estén integrados en una composición madura y no en una suma caótica de estímulos.

Ahí reside la verdadera sofisticación del momento: en saber equilibrar serenidad y personalidad. Las casas más interesantes de este año no serán las más neutras ni las más coloridas, sino aquellas que sepan traducir una identidad clara dentro de un clima doméstico apaciguado. La clave no está en renunciar a la expresión, sino en modularla. Y eso exige un interiorismo más fino, menos dependiente de la tendencia instantánea y más atento a la psicología del espacio.

Junto al color, los materiales desempeñarán un papel decisivo. Seguiremos viendo maderas naturales, piedras con lectura orgánica, cerámicas con presencia artesanal, fibras vegetales, linos lavados, lanas con textura y superficies que inviten al contacto. La materia volverá a tener densidad. Frente a los acabados fríos o excesivamente perfectos, gana terreno una belleza más táctil, más humana, más vinculada a la imperfección controlada.

Esto explica también el auge de la artesanía. Cada vez interesan más los objetos que contienen tiempo, proceso y singularidad. Así, la irregularidad bien entendida se convierte en valor (una lámpara de cerámica, una alfombra tejida con relieve o una pieza heredada pueden transformar por completo la lectura afectiva de un espacio).

La iluminación acompañará esta evolución. Las casas tenderán a organizar su luz en capas, combinando fuentes generales suaves con puntos de apoyo, luminarias decorativas y escenas pensadas para distintos momentos del día. Diseñar un interior será, cada vez más, diseñar cómo cambia a lo largo de las horas.

En definitiva, todas las tendencias parecen confluir en una misma dirección: menos exceso y más sentido; menos apariencia y más experiencia; menos acumulación y más atmósfera. La casa deja de ser un manifiesto visual para convertirse en un lugar que regula, protege, acompaña y expresa. Y por eso la frase de Giuliana Kaufman funciona tan bien como síntesis de todo el ciclo que comienza: “la casa de 2026 no se diseña para verse, se diseña para sentirse”. Seguramente ahí esté la gran verdad del interiorismo que viene, en la construcción de hogares capaces de hacernos vivir mejor, descansar mejor y estar mejor.

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