Hace unas semanas, Nvidia presentó los resultados de su primer trimestre y conviene detenerse en ellos con cierta calma, porque pocas veces una sola compañía permite ilustrar con tanta claridad la magnitud de la transformación tecnológica que estamos atravesando.
La compañía estadounidense obtuvo 81.600 millones de dólares en ingresos durante apenas tres meses, lo que supone un crecimiento del 85% frente al mismo período del año anterior y, además, un 20% adicional sobre el trimestre precedente. Si esta tasa intertrimestral se mantuviera durante el resto del ejercicio (algo que, dada la trayectoria reciente del fabricante californiano, no resulta en absoluto descabellado), la compañía cerraría 2026 con unos ingresos superiores a los 435.000 millones de dólares.
Es cierto que cabría objetar a esta lectura que los ingresos, por sí solos, dicen poco de si la empresa los obtiene vendiendo por debajo de coste, consumiendo capital con tal de inflar la cifra de negocio. Sucede, sin embargo, que este no es ni remotamente el caso de Nvidia: de esos 81.600 millones, nada menos que 58.300 corresponden a beneficio neto, lo que arroja un margen sobre ventas superior al 70% (y aun descontando ciertas partidas extraordinarias que han inflado puntualmente esta cifra, el margen estructural se sitúa en el entorno del 60%).
El PIB de Nvidia es un 80% superior al de Hungría, un 34% superior al de Finlandia, comparable al de Portugal y al de Chile y un 40% inferior al de Israel
Estamos, pues, ante una compañía que no sólo crece a ritmos vertiginosos, sino que además monetiza cada dólar facturado con una eficiencia excepcional incluso para los estándares del sector tecnológico. Pero acaso la métrica más extraordinaria sea otra. Cuando ciertos sectores políticos de izquierdas sostienen que algunas empresas son ya mayores que Estados enteros, suelen comparar magnitudes heterogéneas: por ejemplo, los ingresos corporativos frente al PIB nacional.
Pero el PIB no son ingresos, sino valor añadido, es decir, la suma de beneficios (incluyendo amortizaciones) y de la masa salarial pagada por la compañía. Cuando la comparación se efectúa entre el PIB de un país y el valor añadido total de una empresa, no suele ser cierto que las empresas sean mayores que los Estados... salvo en el caso de Nvidia.
Si tomamos como referencia su masa salarial y sus beneficios trimestrales, podemos proyectar un valor añadido para el conjunto de 2026 de más de 350.000 millones de dólares. ¿Y qué supone esto? Que el PIB de Nvidia es un 80% superior al de Hungría, un 34% superior al de Finlandia, comparable al de Portugal y al de Chile y un 40% inferior al de Israel. En clave doméstica, el dato resulta todavía más revelador: el valor añadido proyectado de esta única empresa supera en un 20% al de la Comunidad de Madrid, en un 25% al de Cataluña y equivale a la cuarta parte de toda la economía española.
Ahora bien, es importante subrayar que Nvidia no obtiene estos resultados por disfrutar de un acceso privilegiado a algún recurso natural escaso, ni siquiera por fabricar físicamente sus propios chips (de ello se encarga, fundamentalmente, la taiwanesa TSMC). Lo que la compañía aporta, y lo que el mercado retribuye con tanta generosidad, es el diseño de unas GPUs que hoy por hoy carecen de competidor capaz de igualar su calidad y potencia.
Y la demanda procede esencialmente de un puñado de hiperescaladoras (Alphabet, Meta, Microsoft, Oracle, Amazon) que invertirán a lo largo del presente ejercicio más de 700.000 millones de dólares en centros de datos, cifra que se proyecta aún superior para el próximo año. Precisamente aquí radica, sin embargo, la principal vulnerabilidad estructural de la compañía.
Si en algún momento la curva de mejora exponencial de los modelos de IA llegara a aplanarse, la inversión en centros de datos podría desacelerarse abruptamente (algo análogo a lo que sucedió históricamente con el ferrocarril, donde tras la euforia inversora inicial muchas compañías constructoras terminaron quebrando). Y, si lo hiciera, los ingresos extraordinarios de Nvidia también lo harían.
Conviene, eso sí, no confundir ambos planos: que la inversión específica en Nvidia pudiera llegar a moderarse no significa en modo alguno que la inteligencia artificial deje de transformar nuestras economías. El ferrocarril lo hizo, pese a las quiebras. Y la inteligencia artificial (IA), casi con seguridad, también lo hará.
