Periodista, escritora y lectora incansable, reivindica la historia como territorio literario, pero también como espacio de reflexión sobre el presente. En esta conversación habla de prejuicios, libertad, cultura, valores y de un mundo que, a su juicio, ha perdido profundidad.
Con esta novela, la escritora avanza hacia el final de una saga con la que aspira a novelar ocho siglos de historia. Lo hace desde una convicción clara: la historia no debe leerse con los prejuicios del presente, sino desde la complejidad de su propio tiempo. Y la literatura, insiste, debe servir para algo más que entretener: debe ensanchar la mirada, afinar el juicio crítico y defender la libertad.
Vuelve con un episodio decisivo como la batalla de las Navas de Tolosa. ¿Qué encontró en ese momento histórico que dialoga con las inquietudes del presente?
Estamos hablando de la batalla de las Navas de Tolosa, de la Reconquista de Córdoba, de las campanas que regresan a Santiago… Es, de alguna manera, el final del principio de la Reconquista. Parafraseando a Churchill, no es el principio del final, sino el final del principio. A partir de ahí empieza a declinar de manera decisiva la presencia del islam en España y se consolida el predominio cristiano. Es un momento absolutamente determinante de nuestra historia. Si las Navas de Tolosa y lo que vino después no hubieran ocurrido, España sería otra cosa. Seríamos parecidos a Túnez o Marruecos, o algo muy distinto, pero desde luego no seríamos un país plenamente integrado en el mundo libre, democrático y en la Unión Europea. Europa terminaría en los Pirineos.
Beltrán López de Cazorla, el protagonista, está atravesado por la necesidad de probar su valía. ¿Le interesaba hablar de identidad y del peso de la herencia más allá del contexto medieval?
Mucho. Me interesaba hablar de la capacidad de superación y de la improcedencia de los prejuicios. Beltrán López de Cazorla es un personaje que, en principio, está abocado al fracaso. No parece encontrar su sitio en su tiempo porque no tiene las características que se le exigen: no es fuerte, no es hábil, no responde al modelo convencional. Sin embargo, es capaz de superarse encontrando su camino por vías alternativas. Eso desmiente los prejuicios que se nos colocan prácticamente desde la infancia: eres listo, eres tonto, eres guapo, eres feo… Beltrán encarna literariamente que esos prejuicios son absurdos, injustos y carentes de fundamento. Todos tenemos capacidad de superación.
La novela combina aventura, espionaje y reflexión sobre el coste humano de la gloria. ¿Fue importante para usted escapar de una visión simplificada de la Reconquista?
Yo estoy profundamente agradecida a todas esas generaciones de cristianos hispanos que lucharon para reconquistar nuestra tierra y devolver a España a su ámbito natural, identitario y cultural. Pero al investigar he ido descubriendo que hubo distintas formas de islam en España. En el siglo XIII, cuando transcurre la novela, los musulmanes andalusíes eran una cosa y los almohades que habían invadido la península desde África eran otra muy distinta. Los almorávides y los almohades fueron, en cierto sentido, el equivalente al ISIS de hoy. Fueron una realidad terrible, y sus primeras víctimas fueron los propios andalusíes. Eso facilitó el avance cristiano, porque muchos andalusíes odiaban casi más a los almohades que a los cristianos. Todo eso está en la novela, especialmente a través de la protagonista femenina, una mujer musulmana andalusí que representa esa condición de víctima de varias realidades. No quiero destripar la novela, pero el amor y la lealtad prevalecen.
¿Dónde sitúa el límite entre la fidelidad a los hechos y la libertad de la ficción?
Tal vez por mi herencia periodística, creo que los hechos son sagrados. No se pueden tergiversar, manipular ni retorcer para adaptarlos a lo que hoy resulta políticamente correcto. Eso es presentismo y me parece profundamente deshonesto. Ahora bien, donde la historia deja huecos, ahí se puede imaginar y tejer una trama con honestidad. En esta novela, todo lo relacionado con las Navas de Tolosa, la Reconquista de Córdoba y el avance militar es histórico, aunque esté novelado. Pero hay una parte sustancial, el regreso de las campanas que Almanzor se llevó de Santiago a Córdoba, sobre la que la historia apenas nos dice que Fernando el Santo ordenó devolverlas a Compostela y que fueron llevadas a hombros de cautivos. A partir de ese vacío he construido una historia: cómo esas campanas vuelven a Compostela en un viaje lleno de accidentes y aventuras.
Imagino que una parte esencial de su trabajo es la documentación
Es una parte importante, pero no la totalidad. Hay que buscar información y localizar escenarios. Estuve en las Navas, en Santiago, hice parte del Camino Mozárabe y viajé a Córdoba varias veces. Pero la parte más importante es imaginar y escribir la novela. No es lo mismo un episodio histórico que una novela histórica. Una vez que sabes lo que ocurrió, tienes que saber contarlo de manera que el lector se entretenga, quede atrapado y se emocione. Esa es la parte más difícil.
"Nos estamos acostumbrando a surfear la realidad sin profundizar en nada"
Ha estado siempre entre el periodismo y la narrativa. ¿Tiene la sensación de que en España la conversación cultural se ha empobrecido y de que cada vez hay menos espacio para el matiz?
Muchísimo. La conversación cultural, política e ideológica se ha reducido cada vez más. Es más superficial y simplista. Incluso el lenguaje literario se ve demasiado influido, no por el cine, sino por las series de televisión: todo tiene que ser fácil, rápido, visual y fácilmente discernible. Me da pena porque en ese proceso se pierden los matices y la riqueza lingüística. El castellano es una lengua maravillosamente rica. Yo sigo leyendo muchísimo e intento que quien lea un libro mío disfrute no solo de la trama, sino también de la forma en que está escrito. Observo ese empobrecimiento con pena, pero intento no integrarme en él.
¿Qué papel deberían jugar la cultura y la literatura para ayudarnos a comprender mejor una sociedad?
Un papel determinante. La literatura es libertad. La capacidad de leer, la costumbre de leer literatura, ensayo, de profundizar en la lectura, es fundamental. Lo que diferencia a la literatura del periódico o del tuit es la profundidad. Hay un ensayo maravilloso de Alessandro Baricco, Los bárbaros, en el que habla precisamente de esa tendencia a surfear la realidad, a pasar por encima de todo sin profundizar en nada. Esa aproximación nos priva de juicio crítico, de capacidad de comprensión y, en consecuencia, de libertad. Creo que la principal misión de la cultura y de la literatura es fomentar la libertad de las personas: hacerlas crecer por dentro para que puedan ejercer esa libertad con plena conciencia.
¿Cree que esa superficialidad va unida a una pérdida de valores?
Sin duda. La superficialidad es incompatible con muchas cosas, empezando por la libertad y siguiendo por valores como la valentía. Para defender una causa hace falta valentía y hace falta creérsela. Si uno no cree en nada porque se pasa la vida navegando en Instagram y viendo banalidades, es muy difícil sostener valores como la honestidad, la autenticidad, la valentía o la libertad. Y la libertad no consiste simplemente en hacer lo que a uno le da la gana. No es eso.
"La cultura debería poner el mundo en cuestión, no convertirse en una trinchera"
Trump ha vuelto a alterar la conversación internacional. Podríamos hablar también de Pedro Sánchez. ¿Qué dice de nuestro tiempo que figuras así tengan tanta capacidad de influencia política, mediática y cultural?
Dice muy poco. Dice que nuestro tiempo está entrando en una crisis profunda. Estamos asistiendo, en cierto modo, a la caída del Imperio romano. No literalmente, claro, pero sí a la caída del mundo maravilloso que se levantó después de la Segunda Guerra Mundial: un mundo de valores, de libertad, democrático, de defensa firme de esos valores. Ahora vemos un mundo absolutamente polarizado, donde muchas veces llega al poder quien está más dispuesto a hacer lo que sea. Al frente de la primera potencia mundial está Trump; al frente de la otra gran potencia militar está Putin. Y en España tenemos un presidente del Gobierno con innumerables casos de corrupción en los tribunales y no pasa nada. También la Unión Europea, que para mi generación fue un chute de optimismo y esperanza, se ha convertido en un gigante con pies de barro, obeso y cada vez menos funcional. Estamos asistiendo a la desintegración de ese mundo. No sé a dónde nos conducirá, pero me inquieta mucho, sobre todo por mis hijos y mis nietos.
"Los hechos son sagrados; no se pueden tergiversar para adaptarlos a lo políticamente correcto"
¿Qué hace en su tiempo libre?
Lo que más disfruto es estar con mis nietos. No tengo mucho tiempo libre, porque leo mucho para escribir y también escribo mucho. Pero, cuando lo tengo, lo que más me gusta es estar con ellos. Lo segundo es leer. Leo lo que me cae en las manos o lo que me apetece según mi estado de ánimo. Ahora acabo de leer una novela de Nieves Muñoz que me ha gustado mucho. También releí hace poco A sangre y fuego. Ahora estoy leyendo una novela de un autor americano sobre las brujas de Salem. También paseo mucho con mi perro. Y la televisión solo la veo cuando estoy muy cansada, después de una tarde escribiendo. Me gusta mucho más leer que ver la tele.
¿Cree que la cultura sigue sirviendo para abrir preguntas o se la está empujando cada vez más a confirmar trincheras?
La cultura oficial, lo que se considera cultura oficial, está no solo en la trinchera, sino provocando a la otra trinchera. Me parece lamentable. Nunca he querido formar parte de eso que se llama «la cultura», de esas vacas sagradas del mundo pseudocultural o pseudointelectual. La cultura debería ser un elemento de puesta en cuestión del mundo. Ahora, muchas veces, es una trinchera provocando a la otra trinchera.
Por último, ¿qué espera que descubra el lector en La venganza del Apóstol?
La venganza del Apóstol es la última entrega publicada de una saga con la que intento llegar hasta Granada. La próxima novela será la última. Estoy especialmente satisfecha de haberme propuesto algo que no deja de ser un desafío: novelar toda la Reconquista, ocho siglos de historia. No solo porque algunos siglos son muy remotos y no ha sido fácil investigar, sino porque, cuando me propuse esta empresa, había pocas palabras más políticamente incorrectas en España que «Reconquista». Me parece una epopeya fascinante desde el punto de vista literario y estoy enormemente agradecida a todas esas generaciones de cristianos hispanos que lucharon para devolvernos a Europa, al ámbito europeo, cristiano y democrático. Detesto los prejuicios. Y me satisface haber desafiado ese prejuicio. No he novelado una Reconquista rosa, de buenos cristianos y malos musulmanes. En absoluto. Pero me parece un episodio que hay que contar y que hay que conocer.



