¿Qué significará realmente “estar bien” en 2040? La pregunta, que durante décadas parecía responderse con indicadores clásicos como el salario, la estabilidad laboral o la esperanza de vida, exige hoy una revisión profunda. Así lo plantea el informe “Bienestar Extendido 2040”, presentado por Espacio Futuro, el think tank del Grupo Santalucía, que propone un cambio de paradigma: el bienestar del futuro dependerá menos de lo que tenemos y más de cómo gestionamos la incertidumbre, el tiempo, la tecnología y los vínculos a lo largo de toda la vida.
Lejos de entender el bienestar como un estado puntual o una meta alcanzable en determinado momento, el estudio lo redefine como una trayectoria acumulativa. Una construcción continua que empieza en la infancia y se extiende hasta la senioridad, atravesada por decisiones, transiciones, crisis y adaptaciones constantes.
Del progreso lineal a la adaptación permanente
Durante décadas, el relato dominante asociaba bienestar con progreso continuo: más ingresos que la generación anterior, mejor acceso a vivienda, estabilidad laboral creciente y un horizonte vital relativamente previsible. Ese relato, según el informe, se ha resquebrajado.
De aquí a 2040, la incertidumbre dejará de percibirse como un episodio excepcional —una crisis financiera, una pandemia o un conflicto geopolítico— para convertirse en condición estructural de la vida cotidiana. “No se tratará de volver a la normalidad, sino de aprender a vivir sin una normalidad clara. La dificultad para proyectar el futuro condicionará decisiones clave: elegir estudios, cambiar de empleo, tener hijos, independizarse o ahorrar. Incluso quienes mantengan una estabilidad aparente experimentarán una sensación persistente de vulnerabilidad”, explicó Ángel Uzquiza, director de Espacio Futuro y director de Innovación de Grupo Santalucía, durante la presentación del estudio.
El bienestar dejará de vivirse como promesa automática de mejora y se convertirá en una incógnita que obliga a retrasar, modular o replantear decisiones vitales. En este contexto, la capacidad de adaptación —emocional, financiera y profesional— se consolidará como el nuevo núcleo del bienestar.
El tiempo como nuevo capital
Uno de los cambios más profundos identificados en el informe es la transformación del valor del tiempo. En un entorno de crecimiento salarial limitado y aumento del coste de vida, el equilibrio entre trabajo y vida personal gana peso frente al incremento de ingresos.
El dato es revelador: el 62 % de los trabajadores españoles reduciría su jornada laboral si pudiera mantener su nivel de ingresos. El salario sigue siendo relevante, pero deja de ser el único eje de satisfacción. La pregunta ya no es solo “¿cuánto gano?”, sino “¿cuánto tiempo real tengo para mí?”.
Las puntuaciones del estudio reflejan esta tendencia. Mientras la economía obtiene valoraciones moderadas (entre 3,1 y 3,3 sobre 5) y el empleo apenas alcanza un 2,6, los factores vinculados al tiempo de calidad —salud mental, ocio y relaciones personales— concentran las mejores evaluaciones. El tiempo libre deja de ser residual y pasa a convertirse en un indicador central de bienestar.
El informe anticipa un mercado laboral donde la capacidad de las organizaciones para ofrecer flexibilidad, desconexión real y respeto por la vida personal será determinante para atraer y retener talento. El tiempo de ocio de calidad se perfila como la nueva moneda de cambio.
Estabilidad frente a ingresos intermitentes
En el ámbito financiero, el bienestar del futuro no se medirá tanto por cuánto se gana en determinados momentos, sino por la capacidad de mantener una base económica estable a lo largo del tiempo.
No será tan decisivo tener años de altos ingresos como evitar periodos prolongados de incertidumbre o caídas bruscas. Las trayectorias laborales fragmentadas, los contratos temporales y los cambios constantes de proyecto dificultan planificar a medio y largo plazo.
Esta intermitencia no solo afecta a las cuentas, sino también a la percepción de control sobre la propia vida. Cuando no hay previsibilidad, decisiones estructurales como comprar una vivienda, tener hijos o emprender se retrasan o se descartan. El informe subraya que el bienestar financiero dependerá cada vez más de la continuidad y la capacidad de anticipación que del volumen puntual de ingresos. Más que acumular, será clave sostener. En una sociedad marcada por la volatilidad, la verdadera seguridad no será tener más, sino saber que lo básico está garantizado y que los imprevistos no desestabilizarán por completo el proyecto vital.
Soledad, vínculos y capital social
Otro de los grandes retos identificados por la investigación de Espacio Futuro es el debilitamiento de las redes de apoyo. La soledad no deseada deja de ser un fenómeno exclusivamente asociado a la vejez y se reconoce como un desafío transversal.
Casi una de cada dos personas en España afirma haber experimentado soledad en algún momento de su vida. Sin embargo, las relaciones sociales obtienen valoraciones de entre 3,5 y 3,7 sobre 5 en bienestar individual, situándose entre los factores protectores más fuertes.
El informe destaca la necesidad de rediseñar espacios y modelos de convivencia intergeneracional. Mientras una parte creciente de la población sénior ve reducidas sus rutinas y su círculo social, muchos jóvenes encadenan empleos inestables y dificultades para emanciparse. Ambos colectivos comparten un trasfondo común: estructuras cotidianas debilitadas.
La convivencia intergeneracional no surge de forma espontánea; requiere diseño, acompañamiento y normas claras. El bienestar colectivo dependerá de la capacidad de reconstruir capital social en entornos urbanos cada vez más individualizados.
Dos generaciones ante el mismo reto: autonomía y adaptación
Espacio Futuro dibuja un escenario en el que tanto la etapa sénior como la juventud atraviesan transformaciones profundas, aunque desde posiciones vitales distintas. En ambos casos, el bienestar gira en torno a la autonomía, la capacidad de decisión y la adaptación a un entorno incierto.
En la senioridad, el envejecimiento poblacional obliga a replantear el modelo tradicional de cuidados. Los mayores del futuro no aceptarán un papel pasivo ni exclusivamente asistencial. Reivindican libertad de elección, personalización y control sobre su día a día. El bienestar sénior ya no se limitará a “estar atendido”, sino a poder seguir siendo uno mismo.
La llamada “tercera juventud” abre oportunidades —ocio activo, salud proyectiva, co-housing, servicios culturales integrados en residencias o atención domiciliaria avanzada—, pero también plantea riesgos de desigualdad. No todos podrán acceder a estos modelos, lo que puede generar nuevas brechas entre quienes disfruten de una longevidad activa y quienes enfrenten limitaciones económicas o de salud.
El equilibrio estará en combinar seguridad y libertad: acompañar sin invadir, cuidar sin anular la identidad, ofrecer protección sin restar autonomía. En paralelo, las generaciones jóvenes viven otra forma de fragilidad. Ante la dificultad de proyectar un futuro estable, emerge un fenómeno creciente que el informe denomina presentismo radical.
Muchos jóvenes rebajan sus expectativas a largo plazo y centran su energía en horizontes cortos y manejables. Metas antes consideradas naturales —como el empleo fijo, la vivienda en propiedad o un proyecto familiar definido— se perciben ahora como inciertas o fuera de alcance.
Esta percepción alimenta estrés y sensación de desajuste respecto a los tiempos sociales tradicionales. Sin embargo, el presentismo no es únicamente una renuncia; también es una forma de adaptación creativa. Obliga a desarrollar identidades más flexibles, mayor inteligencia emocional y capacidad para encontrar sentido en proyectos acotados y relaciones cotidianas.
Así, mientras los sénior buscan mantener su independencia en la última etapa de la vida, los jóvenes intentan construirla en un entorno que ofrece menos certezas. Ambos comparten un mismo trasfondo: la necesidad de recuperar control sobre su tiempo, sus decisiones y su proyecto vital en un mundo donde la estabilidad ya no se da por supuesta.
Tecnología, infancia y bienestar: una construcción acumulativa
La tecnología será uno de los grandes ejes del bienestar en 2040, pero en un sentido ambivalente. Por un lado, ampliará el acceso a información, aprendizaje y conexión; por otro, profundizará nuevas desigualdades.
La brecha ya no será solo de acceso, sino de uso: la capacidad de sostener la atención en un entorno saturado de estímulos se convertirá en un factor diferencial en educación, empleo y salud mental. La concentración dejará de ser una habilidad individual para transformarse en un eje estructural de desigualdad.
En la infancia y la adolescencia, la exposición temprana a asistentes digitales, algoritmos y plataformas redefinirá la forma de aprender y relacionarse.
El reto no será prohibir la tecnología, sino integrarla con criterio. La educación tendrá que equilibrar alfabetización digital con desarrollo cognitivo profundo: lectura sostenida, pensamiento crítico, autonomía y capacidad de foco.
Además, el diseño actual del entorno digital, orientado a captar datos y predecir comportamientos, obliga a repensar arquitecturas tecnológicas que prioricen bienestar, equilibrio y autocontrol.
Al mismo tiempo, la presión económica comenzará antes. Muchos adolescentes crecerán en hogares donde la precariedad laboral y el alquiler forman parte de la conversación cotidiana. Esto generará ansiedad temprana, pero también mayor conciencia financiera y realismo vital.
La infancia tenderá a convertirse en una etapa de preparación anticipada para la adultez: educación financiera, uso avanzado de tecnología y exposición constante a crisis climáticas, geopolíticas e informativas. En este contexto, tener hijos se vivirá como una decisión de alto riesgo vital, económico y emocional. La incertidumbre estructural del entorno pesará tanto como el deseo de formar familia.
El bienestar infantil dependerá, por tanto, de un delicado equilibrio entre preparación y protección: formar sin sobrecargar, anticipar sin trasladar todo el peso del futuro. De fondo, Espacio Futuro plantea una idea clave: el bienestar ya no puede entenderse como un estado aislado, sino como una trayectoria acumulativa.
Las decisiones adoptadas en etapas tempranas —hábitos de salud, educación, vínculos o gestión financiera— condicionarán cada vez más la calidad de vida futura. Desde la infancia hasta la senioridad, el bienestar se configura como una arquitectura de largo plazo donde prevención, acompañamiento y anticipación adquieren valor estratégico.
Este cambio de paradigma no solo interpela a la sociedad, sino también a las organizaciones. Para el Grupo Santalucía, el desafío consiste en evolucionar desde la gestión puntual del riesgo hacia la construcción activa de bienestar a lo largo de la vida.
Esto implica integrar protección y servicio, corto y largo plazo, diseñando ecosistemas donde el seguro sea una pieza más dentro de una propuesta integral que reduzca la sensación de vulnerabilidad y soledad.
Con todo, el bienestar en 2040 dependerá menos del nivel de ingresos y más del uso consciente del tiempo; menos de los picos de éxito y más de la estabilidad sostenida; menos de la acumulación material y más de la calidad de los vínculos y del equilibrio con la tecnología. En un mundo donde la incertidumbre es el punto de partida, la verdadera diferencia estará en la capacidad de adaptarse, sostener relaciones significativas y construir, etapa a etapa, un proyecto vital con sentido.

