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El Instituto Cervantes de Utrecht se convierte en campo de batalla por la deuda española de las renovables

El intento de embargar la sede del Instituto Cervantes en Utrecht reabre la factura pendiente de España por los recortes a las renovables

Por Marta Díaz de Santos

La sede del Instituto Cervantes en Utrecht se ha convertido en el último escenario de una batalla que España arrastra desde hace más de diez años. Lo que en apariencia es un edificio cultural en Países Bajos forma parte ahora de un conflicto mucho mayor, el de los inversores internacionales que reclaman al Estado español el pago de indemnizaciones millonarias por los recortes aplicados a las energías renovables.

El caso ha llamado la atención porque varios acreedores aseguran que han dado pasos para ejecutar el inmueble y llevarlo a subasta. Es decir, intentan convertir ese edificio en dinero para cobrar parte de lo que España les debe según distintos laudos arbitrales. El Instituto Cervantes y el Gobierno, por su parte, niegan que la sede haya sido vendida o subastada y defienden que están actuando para levantar el embargo.

Para entender cómo se ha llegado hasta aquí hay que retroceder a los años del boom renovable. España aprobó en 2007 un sistema muy atractivo para atraer inversión en energía solar, termosolar y eólica. El Estado garantizaba unas primas o ingresos regulados a quienes invirtieran en estas tecnologías. El objetivo era acelerar la transición energética y reducir la dependencia de los combustibles fósiles.

El problema llegó después. Con la crisis económica y el aumento del déficit del sistema eléctrico, el Gobierno cambió las reglas. A partir de 2013 se recortaron los incentivos y se sustituyó el modelo anterior por otro basado en una llamada "rentabilidad razonable". Para el Estado, era una reforma necesaria para contener los costes. Para muchos fondos e inversores extranjeros, fue un cambio inesperado que rompía las condiciones bajo las que habían invertido.

A partir de ahí empezaron las demandas. Varios inversores acudieron a tribunales internacionales de arbitraje alegando que España había dañado sus inversiones. Muchos de esos tribunales les dieron la razón y condenaron al Estado a pagar indemnizaciones. La factura total supera los 1.800 millones de euros y puede ser mayor si se suman intereses y costes judiciales.

España, sin embargo, no ha pagado todos esos laudos. El Gobierno defiende que, dentro de la Unión Europea, este tipo de arbitrajes entre inversores comunitarios y Estados miembros no son válidos tras varias decisiones de la justicia europea. También sostiene que algunos pagos podrían considerarse ayudas de Estado incompatibles con las normas comunitarias.

Los acreedores no aceptan esa posición y han optado por buscar activos españoles fuera de España. Su estrategia es sencilla de entender; es decir, si el Estado no paga voluntariamente, intentan localizar bienes públicos en otros países y pedir a los tribunales locales que permitan embargarlos. Y ahí aparece el Instituto Cervantes de Utrecht. Según los acreedores, el edificio puede servir para cubrir parte de la deuda reconocida en un laudo. Según España, no debería poder tocarse porque es un bien público destinado a una función cultural e institucional.

¿Se puede "tomar" un edificio público como forma de pago?

En teoría, un acreedor puede intentar embargar bienes de un Estado en el extranjero si tiene una resolución reconocida por los tribunales de ese país. Pero no todos los bienes públicos son embargables. Los Estados cuentan con una protección especial, conocida como inmunidad soberana, que impide ejecutar determinados activos, sobre todo si están dedicados a funciones oficiales. Por ejemplo, una embajada, una residencia diplomática o determinados bienes usados para fines públicos suelen estar protegidos. En cambio, activos con uso comercial o financiero pueden ser más vulnerables. La discusión en Utrecht gira precisamente en torno a eso: si el edificio del Cervantes es un activo cultural protegido o si puede considerarse un bien ejecutable para pagar una deuda.

No es el único caso. Los acreedores de los laudos renovables ya han intentado actuar sobre otros activos españoles en el extranjero. En Reino Unido se han señalado bienes vinculados al Instituto Cervantes de Londres, el colegio español Vicente Cañada Blanch, cuentas bancarias y participaciones públicas. También se ha puesto el foco en ingresos de entidades como Enaire o en participaciones relacionadas con Aena.

Estos movimientos buscan presionar a España para que pague. Aunque cada embargo debe pasar por los tribunales del país donde se encuentra el bien, la acumulación de casos crea un problema reputacional y práctico para el Estado. Cada activo en el extranjero puede convertirse en un nuevo frente judicial.

El caso de Utrecht tiene además un componente simbólico. No se trata de una cuenta bancaria ni de una inversión financiera, sino de una sede cultural dedicada a enseñar español y promover la cultura española. Por eso el asunto tiene más impacto político y mediático que otros intentos de embargo

Para los acreedores, el mensaje es que si España no cumple los laudos, buscarán bienes con los que cobrar. Para el Gobierno, permitir que se subaste un edificio del Cervantes abriría una puerta peligrosa, porque otros acreedores podrían intentar hacer lo mismo con más propiedades públicas en el extranjero.

Por ahora, la sede de Utrecht no está vendida y el proceso sigue abierto. España intenta frenar la ejecución y defender que el edificio está protegido. Los acreedores, en cambio, seguirán tratando de convertir los laudos en dinero real.

El fondo del asunto es que la factura de los recortes renovables sigue viva. Más de una década después de cambiar las reglas del sector, España continúa litigando con fondos internacionales que reclaman compensaciones millonarias. Y ahora esa disputa ya no solo se libra en despachos de arbitraje, parece que también en edificios públicos repartidos por Europa.

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